Por Arturo J. Flores

 

No sé tomar fotografías. Pero disfruto mucho que me cuenten historias con imágenes. A un buen fotoperiodista musical lo distingue no sólo su habilidad para extraer el alma de los músicos sobre el escenario, sino también un indiscutible talento para narrar a través de sus disparos.

Entre los fotógrafos más populares que suelen levantar registro de los conciertos en nuestro país, me gusta seguir el trabajo de Fernando Aceves, Lulú Urdapilleta, Toni François, Nerea Basterretxea y César “El Trapo” Vicuña, entre otros.

Como muchas veces trabajan directamente con las promotoras, tienen la oportunidad de ir más allá del pit de prensa. Sumado a su ojo bien entrenado y la experiencia que a cada uno respalda, el resultado es que los arriba mencionados construyen auténticos relatos visuales de un músico explotando en vivo.

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The Hives, por Toni François

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Guns N’ Roses, por Lulú Urdapilleta

 

Cuando empecé en el periodismo musical hace más de tres lustros no había tantos fotógrafos en el medio. Un poco porque antes de la popularización de la fotografía digital, se trataba de una actividad que requería de más inversión. Tanto para comprase una cámara, como para adquirir rollos y revelarlos (Sí, como Jonathan Byers en Strange Things). Pero también porque sin Internet, los amateurs no contaban con una forma de mostrar sus imágenes a una mayor cantidad de personas.

Hoy abundan los aspirantes a fotógrafo, los fotógrafos profesionales, los fotorreporteros remunerados y los que son sólo tomafotos de ocasión. Amigos publirrelacionistas me cuentan que cada vez que se acerca un Festival, sus bandejas de correo se inundan de peticiones por un photopass. Muchas de ellas de remitentes a quienes ni siquiera los respalda un medio mínimamente profesional. Como es de esperarse, resulta imposible decir que “sí” a todas.

En consecuencia, muchos de ellos se enfadan al negárseles la entrada a esa valla desde la cual se tiene derecho a disparar durante dos o tres canciones.

A muchos de ellos les he dicho: “¿Y el underground, apá?”.

Si tu amor por la fotografía supera la necesidad de mamonear con la frase “yo le tomé fotos a The Killers”, ¿entonces por qué no estás disparando en el circuito de foros en los que sí te dejan entrar, ya no digamos a la primera fila, sino hasta la cocina?

¿Por qué no presumir que tú documentaste una escena emergente?

Donde no son tres canciones sino todas, a las que tienes acceso.

Al cronista que soy se le hace agua la boca cuando tiene una historia en las narices y me gusta imaginar que a ellos, los fotógrafos, también.

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Este fin de semana me chuté el documental “Los Punks: we are all we have” en Netflix. Producido por Vans y dirigido por la fotógrafa Angela Boatwright, el largometraje explora la escena subterránea punk en Los Ángeles. Integrada por jóvenes de ascendencia latina, casi todos provenientes de ambientes marginales y familias resquebrajadas que encuentran en las fiestas clandestinas, organizadas en patios traseros, no sólo una forma de ganarse la vida (los organizadores) sino una vitrina de expresión para los músicos y la audiencia.

 

 

A lo largo de poco más de una hora la imparable cámara de Boatwright nos presenta retratos emotivos, morbosos, reveladores y entretenidos de un fenómeno cultural al que las grandes revistas musicales no le prestan atención. Desde la forma en que se toman por asalto amistoso los patios, el acarreo del equipo y los amplis, las peleas entre punks alimentadas por el furor de la cerveza, las sentimentales historias de vida de muchos de ellos, hasta la estremecedora secuencia de un punk en silla de ruedas siendo remolcado al slam por uno de sus compañeros.

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Los Punks: we are all we have

 

El documental me obligó a preguntarme: ¿quién está haciendo algo similar en México?

¿Por qué no esas legiones de fotógrafos de conciertos que con tanto resentimiento despotrican contra los departamentos de prensa de los festivales cuando no les conceden una pulserita, no dirigen mejor sus lentes cortos hacia lo que sucede con la música al nivel de la tierra?

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Las Cochinas, una de las bandas protagonistas del documental.

 

Tal vez porque ensuciarse las manos en el subterráneo no genera una epidemia de likes en Instagram. Porque de la independencia sólo se puede blofear entre la gente que verdaderamente ama la música. Y quizá ésta sea menos que la que prefiere pavonearse de obtener la misma foto de The Disclosure que otros 400 fotógrafos.

En una entrevista que Vans realizó a Angela Boatwright a propósito de su película, la directora dijo que lo que más disfrutó de rodar el documental fue acercarse esos patios traseros del este y sur de Los Ángeles.

“Cuando estás ahí, tus sentidos están a punto de estallar. (…) ¿Cada cuándo tienes la oportunidad de ir a un show y hablar con los chicos que asisten, acerca de su vida?”.

 

 

Tengo un ejemplo mexicano.

Hace unos años Alejandra Carvajal acompañó a Capo, la banda de mi amigo Vicente Jáuregui, a un concierto en una feria de provincia. Documentó por más de 24 horas al grupo, desde que salieron de su casa y hasta que los músicos treparon al escenario. En las imágenes existe una crónica implícita. Una bellísima historia gráfica a que la que seguramente no hizo falta enviar “testigos de publicación” para tener acceso. Sólo deseos de tomar fotografías, que se supone es el leitmotiv de los dueños de una cámara.

Estimado fotógrafo independiente:

¿Qué es lo que te mueve? [m]

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