Por Arturo J. Flores

 

Termino la cerveza y me levanto para ir al baño. Encima del mingitorio de la Streeter’s Tavern hay un espejo falso, de esos que hay en las películas de policías. De un lado permiten ver a los sospechosos colocados contra una pared y desde el interior, devuelven el reflejo de quien lo mira. En este caso, mientras la vejiga se empieza a vaciar y mi cuerpo se llena de alivio, dispongo de una vista completa del pub. Me detengo en las gringas que acodadas en la barra, se ríen de su propia borrachera como si fuera lo más divertido del mundo. Me parece extraño reparar en lo hermosas que lucen las típicas rubias con las mejillas enrojecidas por el alcohol. Más raro es caer en la cuenta que mientras las observo tengo la mano ocupada en sacudir la parte menos santa de mi anatomía.

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Así se ve desde el otro lado del cristal.

 

Casi de salida me topo con un cartel pegado a la puerta del sanitario. En el se leen los nombres de las bandas que formarían parte, un par de semanas más adelante, de la edición más reciente del Riot Fest. Esta se celebró del 2 al 4 de septiembre en Denver, Colorado, y del 16 al 18 hará lo propio en Chicago. Aunque la ciudad es considerada la cuna del blues eléctrico (los Rolling Stones empezaron a tocar precisamente queriendo imitar a los bluesman de Chicago) y mientras la visito se celebre un festival de jazz en Millenium Park, la verdad es que su población esconde un corazoncito muy heavy.

El plato fuerte del Riot Fest –tan publicitado que se anuncia con letras más grandes que las de Rob Zombie– lo servirán nada menos que Glen Danzig y Jerry Only, quienes después de casi arrancarse los ojos en los tribunales por quedarse con el nombre y la merchandising de los Misfits, decidieron firmar una tregua que pudiera dejarle a ambos jugosas ganancias… o por lo menos es lo que ellos creen.

De verdad me pregunto quién quiere ver a los Misftis.

Yo, definitivamente.

Pero yo tengo 37 años, sé quién es Glenn Danzig y he entrevistado tres veces a Jerry Only. Hasta me saqué una foto con él.

 

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Cuando Jerry y yo éramos más jóvenes.

 

Pero en medio de esta fiebre de nostalgia y reciclaje, ¿habrá quien se vuelva loco por contemplar en el escenario a dos ancestros del horror punk rendirse un homenaje a sí mismos al ritmo de “Die Die My Darling” y “Last Caress”? Insisto. Aparte de mí. Porque estoy cercano a cumplir 40 años, hace mucho ya no bebo leche entera y desde me siento culpable de mirar a una veinteañera a las piernas, sobre todo si es desde atrás de un cristal falso del baño de una taberna.

 

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Si miran con atención, se darán cuenta que el lunes tocan ¡Los Enanitos Verdes!

 

¿Gira mundial? ¿Parteaguas del punk? ¿Noticia de ocho columnas? Esto último ya ni tiene sentido en el periodismo digital. Tampoco los 15 minutos de fama a los que se refería Andy Warhol. Hace dos días visité el ala de arte pop del Instituto de Arte de Chicago, donde se exponen algunas obras del multifacético artista, entre ellas su autorretrato fluorescente y la imagen cuadriplicada de la viuda de la Mona Lisa. Había tan poca gente en la sala que hasta casi pude hacerme una selfie a su lado.

¿De verdad los clásicos nunca pasan de moda?

Durante este viaje hice un par de paradas relacionadas con música. La primera de ellas se llama Kuma’s Corner. Una hamburguesería relativamente nueva en la que te sirven explosivas combinaciones de carbohidratos, grasa y majestuosos trozos de carne acompañados de inexplicables porciones de papas pasadas por aceite a las que identifican como hamburguesas. Yo no me atrevo a llamarlas así. Una sola de ellas alimentar al restaurante completo y sin embargo, en cada mesa pueden verse por lo menos cuatro platos que con su peso podrían lastimarte la espalda. Exquisitas hay que decirlo. Además, llevan por nombre el de alguna agrupación legendaria. Hay la Black Sabbath, la Metallica, la Behemoth, Churchburn (en la que el chef se da el lujo de dibujarte un pentagrama de cátsup) y la que pedí, la Slayer. Para que se de una idea el aspecto de este platillo es lo que quedaría después de una masacre perpetrada con armas de destrucción masiva.

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Dudo que muchos de los clientes del Kuma’s Corner haya escuchado alguna vez a Behemoth o sepan en qué año se murió Cliff Burton, el bajista original de Metallica. Pero apuesto a que más de uno ha repasado más de un vez el menú. Ya no digamos la carta de cerveza artesanal, que es vasta hasta decir basta. Llegué al alrededor de las seis y para las ocho el lugar está a reventar. Vaya experiencia que es la de comerte medio kilo de vaca mientras escuchas metal gore a todo volumen.

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Mi segunda parada se llama Exit, un bar que exhibe un marquesina la pomposa leyenda “El bar original del punk en Chicago, desde 1981. Abierto los 365 días del año hasta las 4 de la madrugada”.

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Heme aquí.

 

Eso quiere decir cinco años después de que Glenn Danzig y Jerry Only formaran The Misfits. Entonces Black Sabbath era una banda enorme y no una hamburguesa enorme del Kuma’s Corner. Porque entonces su música espantaba a las buenas conciencias y no los nutriólogos.

Me decepciona encontrar el bar casi vacío, con todo y que arribé poco después de la medianoche. En su planta baja una docena de bebedores descansamos como viejos buitres en la barra, mientras un DJ nos hace más llevadero cada trago con canciones de The Cramps, Ghost o Faith No More. En la planta alta, otro pinche discos selecciona uno tras otros temas de techno al tiempo que dos o tres clientes bailan y se toman fotos delante de él, vaso en mano.

 

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No se alcanza a distinguir bien, pero el candelabro está decorado con brasieres de todas las copas.

 

Una hora después voy de regreso a mi Air BnB. Una vieja casona remodelada de uno de los barrios afromericanos de Chicago. Ya hablaré de ella en otra ocasión. Apenas puedo contener mis bostezos, pero decido parar por otra cerveza en la Streeter’s Tavern porque no me resigno a irme a dormir tan temprano.

El Jerry Only y el Glen Danzig que me gobiernan tampoco quiere aceptar que ha llegado el momento de descansar en paz.

Si acaso esa reunión tan cacareada a la que Only ha definido como “si metieras a dos tigres en la misma jaula” pisa mi tierra pueden apostar a que estaré ahí.

Por lo pronto, he decidido ahorrar suficiente dinero para abrir una taquería cuando regrese a México.

Venderé alambres bautizados con nombres de grupos de punk: el Sex Pistols con todo, el Ramones a la plancha, el Buzzcock con doble queso y el Butthole Surfer al pastor.

La especialidad de la casa será el Vómito Nuclear. [m]