Cada concierto es un fragmento de historia. O solía serlo. Aquel momento apoteósico en que Jimi Hendrix le prendió fuego a su guitarra en Monterey, California, o cuando Paul Simonon, bajista de The Clash, estrelló su instrumento contra el piso, obsequiándole a la fotógrafa Pennie Smith la oportunidad de capturar lo que más tarde sería la cubierta del disco London Calling, representaron instantes irrepetibles.

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Si te compras un boleto te estás comprando no sólo la oportunidad de escuchar en vivo a un músico, sino de mirar en primera fila un cachito de eternidad. Porque después de convivir con decenas de bandas de todos los géneros, calibres y popularidad, me queda claro que no importa si ha tocado decenas de veces en vivo, cada una de ellas es distinta.

En mi novela Provocaré un diluvio cuento el caso de Anita, una argentina que había visto casi cien veces a Iron Maiden. Cuando la conocí, me dijo que seis meses antes de una gira se dedicaba a ahorrar sus quincenas y después renunciaba a su trabajo, para intentar ir a todos las actuaciones posibles de los ingleses. Era como un roadie al que nadie le pagaba por subirse al barco. Tan íntima se había vuelto su relación con los músicos británicos –aún sin nunca haberles saludado en corto– que Anita podía distinguir cuando estaban nerviosos, cuando se sentían mal o cuando disfrutaban como nunca subirse al escenario.

Es una lástima que Anita nunca escribiera una sola palabra de lo que había visto.

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Ser cronista es, y vuelto a robarme las palabras de mi maestro Rigoberto López, “ser los ojos de quien no estuvo ahí”.

La crónica es quizá, entre los géneros periodísticos, la que no ha podido ser vulnerada por la absoluta presencia de las redes sociales. Mientras músicos como Peter Broderick han abierto en sus páginas web un apartado en la que responde preguntas de sus fanáticos y otros como Belle & Sebastian escriben una bitácora de viaje en primera persona, volviendo a veces innecesaria la cosquilla por leer una entrevista, la crónica aún se erige como la oportunidad de saber qué es lo que tu banda favorita hizo el verano pasado.

Uno devora la crónica de un concierto para enterarse de aquello que no pudo presenciar o, en caso de que hayas estado ahí, para confrontarlo con la opinión propia.

El problema es que cada vez faltan más buenas crónicas.

Muchas publicaciones –impresas o digitales– amputan textos y les dedican espacios más reducidos bajo el argumento de que la gente no lee. Yo creo que si bien no todos lo hacen, habría de considerarse que unos pocos sí y proveerles material de lectura no afecta el tráfico ni las relaciones comerciales de los medios.

Pero la culpa es también del cronista. Pensar que la foto por sí sola cuenta el concierto es un error, ya que la imagen precisa del texto para abundar en detalles. Hace falta decir que antes de quemar la guitarra, Hendrix protagonizó una soberbia actuación para entender por qué se atrevió a destruirla.

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Además, muchos colegas recurren al machote descarado, a la colección descarada y perezosa de lugares comunes que nada dicen pero cómo llenan espacio.

“A las 8 de la noche se apagaron las luces”. “3mil gargantas se volvieron una sola”. “Para complacer a su público interpretando…”.

Y otros, en el colmo de la incapacidad narrativa, recitan una por una las canciones del setlist.

Para enseñar a hacer buenas crónicas musicales se debería empezar por aprender lo que no debe hacerse.

Tal vez sea demasiado tarde. Quizá la crónica de un concierto, de aquellas que te obligaban a desear haber estado ahí les haya pasado como al tigre persa.

No tiene caso que intentes buscar uno. Esa especia felina se extinguió desde 1961, según National Geographic.

Mejor ejercitemos el arte de hacer buena crónica este fin de semana en el Corona Capital, o donde sea que vayas. [m]