Por Arturo J. Flores

“Locati, Barreda, Monzón

y Cordera también,

matan por amor”.

Bersuit Vergarabat– “La argentinidad al palo”.

 

 

 

En el disco de rarezas de Nirvana Incesticide, lanzado en 1992, Kurt Cobain incluyó una nota dentro del booklet, que concluía de la siguiente manera:

“Tengo una petición para nuestros fans. Si odias a los homosexuales, la gente de otro color o las mujeres, haznos un favor: ¡No te nos acerques! No vengas a nuestros conciertos ni compres nuestros discos. El año pasado, una chica fue violada por dos desperdicios de semen y testículos mientras cantaban nuestra canción Polly. Fue para mí complicado asimilar que entre nuestra audiencia existe plancton como estos tipos”.

“Polly”, hay que decirlo, es un tema que el cantante y guitarrista de Nirvana escribió inspirado en el caso de un abuso sexual a una menor de edad que leyó en un periódico.

 

De un texto de Arturo Pérez Reverte retomo la siguiente frase: “Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti”.

Se lo aconsejó Pepe Monerri, su primer editor. El futuro autor de “La reina del sur” trabajaba como reportero del diario  y lo habían enviado a encontrarse con un alcalde. Pero Pérez Reverte sentía miedo. La respuesta de su jefe fue lapidaria. El temor sólo debía habitar en el corazón del entrevistado. Porque sus dichos serían publicados.

Por si a alguien no se ha enterado todavía, recientemente Gustavo Cordera se hizo un harakiri mediático. No pronunció el argentino una frase desafortunada, sino una auténtica barbaridad. Algo tan reprobable que uno no puede sino sentir arcadas aunque sólo se trata de colocarlo entre comillas. “Hay mujeres que necesitan ser violadas” no es una frase que se pueda leer con indiferencia. Sobre todo si has mirado a los ojos a una víctima de un crimen tan despiadado. Porque la violación nunca se olvida, como tampoco algunas palabras.

 


Tal vez quiso decir que algunas parejas disfrutan jugar juegos sexuales extremos por común acuerdo. Pero no le salió así.

En abril pasado me encontré con Gustavo Cordera. Fue unos días antes del Vive Latino, para platicar sobre el lanzamiento del disco Cordera Vivo, grabado en La Trastienda en 2014. Me presenté con mi celular en modo de grabadora en vez de un bloc y un bolígrafo. No tenía miedo ni él tampoco. Fue aquella una charla de trabajo. Incluso nos tomamos una foto al final. Hoy ya no deseo verla.

Mientras escribo, escucho la grabación de nuestra charla, que duró poco menos de 20 minutos. Una de las preguntas que formulé fue: Bernard Shaw dice que el infierno está lleno de aficionados a la música, ¿de no haberte dedicado a la música te habrías ido al cielo?

“Seguramente formaría parte de una ilusión de cielo y de mundo normal muy tóxica. La música me llevó al infierno, por suerte, y ahí es donde pude conocer a Dios”, respondió.

Ignoro si conoció a Dios, pero no cabe duda que esta situación lo ha sumido en una especie de averno de la imagen pública.

Fui muy fan de Gustavo en Bersuit. Y digo fui, porque ya no sé si lo soy.

Es una cursilería, una tontería quizá. Nada periodístico. Pero me siento traicionado como escucha de Gustavo, como quien ponía sus canciones en una fiesta o saltaba en un concierto suyo.

No es la primera vez que me pasa. Toda proporción guardada y considerando las distancias y contextos de cada uno, me sucedió con Lostprophets. Cuando se reveló en 2012 que su cantante, Ian Watkins, estuvo involucrado en casos de pedofilia, zoofilia y otros delitos de tipo sexual, me costó trabajo volver a disfrutar de su música. Sencillamente ya no me atrevo a escucharlo. Y tampoco soy el único.

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¿Cómo separar los actos o las palabras de una persona de su quehacer artístico?

¿Si el genocida más infame de la historia hubiera escrito una hermosa sinfonía, podríamos escucharla la novena de Hitler sin que nos vengan a la mente sus acciones?

Charles Manson ordenó una masacre en casa del cineasta Roman Polanski el 8 de agosto de 1969. En ella, fueron ultimadas varias personas entre las que destacaba la actriz Sharon Tate, quien sumaba ocho meses y medio de embarazo. Al final del rito, uno de los integrantes de La Familia, la secta al mando de Manson, escribió en los muros la palabra “Cerdo” con la sangre de la mujer.

El acto es horrible a todas luces. Pero esa facilidad que tienen los gringos por transformar la abominación en joyas de la cultura pop, reconozco que no me molesta (aunque tampoco lo disfruto especialmente) escuchar “Look at your game, girl”, el cover que Guns N’ Roses hizo a una de las canciones escritas por Manson. Incluida en el disco Spaghetti Incident? Tal vez sea por la distancia en tiempo. Y entonces es verdad que éste todo lo cura.

 

Siempre he creído en la fuerza de las palabras. No importa cuán visuales nos hayamos vuelto. Las palabras significan algo, les digo siempre a mis alumnos, por eso hay que escoger bien las que utilizamos. Sobre todo porque cuando las usamos indebidamente no es cierto que se las lleve el viento. Siempre las devuelve para recordarnos que las dijimos.

Tanto que si tomas el tour turístico de The Beatles en Londres, una de las paradas es el teatro en cuyo camerino John Lennon fue entrevistado y aseguró que su banda era más popular que Jesucristo.

 

 

A estas alturas poco importa si lo que Cordera dijo fue parte o no de un sociodrama. Sólo él conoce la verdad. El asunto es que las pronunció en público, delante de un montón de estudiantes de periodismo armados con blocs y bolígrafos, figuradamente hablando, como aquel lejano Pérez Reverte de la anécdota descrita al principio de mi texto.

Un colega hizo hincapié en un asunto no menos importante que tiene que ver con la ética periodística. La charla de Cordera delante de los estudiantes se dio en un contexto de off the record, en el que por acuerdo las declaraciones no deberían ser difundidas. Por otro lado el alumno escribió su comentario no en las páginas de un medio de comunicación sino de sus redes personales. No lo estoy defendiendo ni avalando. Sencillamente digo que el caso es más complejo de lo que parece.

“Violación” es un término desagradable. Aberrante. Inevitablemente construye una imagen en la mente de quien lo escucha. Por eso desde que las declaraciones que Cordera hizo me cuesta trabajo escuchar sus canciones. Me siguen gustando, sí, pero no consigo olvidar que fue esa misma voz la que profirió una barbaridad. Porque tampoco es que Cordera violara a nadie.

 

 

“Se dice que el rock es de gente inteligente…”

 

El sucedido le costó caro. Le cancelaron conciertos en su natal Argentina. La Rock & Pop no volverá a transmitir sus canciones. Lo peor: unos imbéciles amenazaron con violar a sus hijas, como venganza por sus palabras, según declaró el cantante a la CNN. Así de ilógico operan algunos antropoides.

Hace unos días me enteré que enfadadas porque Justin Bieber tiene novia, sus fans decidieron darle la espalda y declarar la muerte digital de las “beliebers”.

Hoy me pregunto, porque el periodismo se trata de cuestionarse, si más allá de las cancelaciones de giras y el veto radiofónico, las palabras de Cordera le habrán costado la lealtad de sus seguidores. De quienes escucharían Tecnoanimal, el disco que Gustavo recién lanzó el 27 de junio, bajo la producción de Eduardo Cabra, de Calle 13.

Lo he escuchado de un tirón para escribir este artículo. Me ha agradado. Pero no consigo deshacerme de esta molestia en el estómago.

¿Se puede disfrutar de la música haciendo un lado lo que esa persona dijo cuando no estaba haciendo música?

He aquí un dilema que no he podido responderme. Siento como si como fan, no como reportero, uno de mis músicos me hubiera traicionado. Dijo algo que nunca hubiera querido escuchar de su boca. No es lo mismo que aquel eunuco intelectual, estrella de la música grupera, que pobremente balbuceó que la mujer que vale es la que sabe trapear.

A Gustavo Cordera lo consideraba un tipo inteligente al que valía la pena entrevistar.

Ya veremos si es verdad que a las palabras se las lleva el viento. [m]