TXT: Toño Quintanar

El contenido de este texto es únicamente responsabilidad de su autor.

El reciente y lamentable tiroteo ocurrido ya hace un mes en un colegio del norte de nuestro país levantó, nuevamente, ese antiguo debate en el que los contenidos periodísticos de carácter altamente gráfico son materia de interminable discusión.

Esto después de que la viralización del video del siniestro (tomado por una cámara de seguridad) generara el descontento de una gran cantidad de personas quienes condenaron a aquellos medios y usuarios que compartieron el footage.

Esta es una discusión la cual nos remite de manera irreductible hasta los principios más arcaicos del fenómeno de la fotografía.

Antes de que existieran una serie de valoraciones estéticas que sirvieran de pilar para la conformación de un arte fotográfico, la función primaria del dispositivo era la de documentar: extraer del mundo una prueba fehaciente de su propio transcurrir.

Después de todo, múltiples crímenes dentro de la historia de la humanidad permanecieron (y siguen permaneciendo)  impunes debido a la falta de pruebas fehacientes y concienzudamente ordenadas.

El periodista de nota roja se hunde hasta las rodillas donde nadie más quiere hacerlo, extrayendo un vestigio solitario, pero igualmente válido, de lo que acontece en nuestra realidad cotidiana.

Una de las principales quejas con respecto a este fenómeno es su apelación gratuita al “morbo” y su falta de contenido “trascendental”; sin embargo, dichas inquietudes deben su existencia a fenómenos psicosociales mucho más complejos y profundos.

No debemos olvidar que, desde el nacimiento del Penny Dreadful (una forma de proto nota roja que se antecede al surgimiento mismo de la fotografía), se inauguró toda una franquicia cuyo impactante contenido buscaba un afán más moralista que tanatológico.

Situación que sería aprovechada por múltiples tabloides que iniciarían una condenable y sensacionalista persecución de la comunidad homosexual y de otros grupos “transgresores”. Siendo los múltiples volúmenes que el Alarma! le dedicó a los llamados “Mujercitos” una prueba tropicalizada de dicho fenómeno.

En medio del clima de violencia que vivimos actualmente en nuestro país, la nota roja (aquella que se avoca exclusivamente a los sucesos de carácter violento mediante aproximaciones cuasi-periciales que no pretenden desinformar a la población) anuncia a cuatro esquinas lo que no debe de ocurrir; los resultados finales de un terror del que, de alguna manera, todos somos participes; sin importar si tomamos el papel de instigadores activos o si simplemente nos gusta regodearnos en la más pasiva zona de confort.

Es un acto de irresponsabilidad tratar de censurar este tipo de publicaciones, en la medida en que su contenido responde a esa obligación que tenemos como sociedad de confrontar lo que hemos creado, mirar a la sinrazón a los ojos y, en última instancia, exigir un cambio ante dicha situación.

Obviamente, dejando de lado publicaciones particularmente tendenciosas que pretenden imponer puntos de vista basados en la intolerancia, como el ya antes citado caso de los “Mujercitos”.

Condenar la nota roja bajo el pregón de que nuestra sociedad no tiene el suficiente criterio como para asimilar su contenido con respeto, responsabilidad y criterio; es darle la razón a todos esos regímenes totalitarios que justifican la represión partiendo del concepto de que el ser humano no es capaz de elegir por sí mismo.

Los individuos merecen su derecho a mirar los últimos registros de nuestra vulnerabilidad si así lo desean porque, después de todo, esa misma fragilidad es la que nos recuerda que la vida es algo digno de procurarse.

Por supuesto, habrá quienes aseveren que este tipo de publicaciones no “aportan nada a nuestra sociedad”. Sin embargo, es vital destacar que no existe un solo ser humano en este planeta quien esté autorizado para hacer una aproximación subjetiva de semejante tamaño.

Después de todo, cada individuo es poseedor de una perspectiva sensible única la cual, a su manera, es capaz de sacar conclusiones verdaderamente insólitas.

¿Quién sabe? Quizás, si las piezas de la violencia se encuentran flotando por ahí, sea más sencillo ensamblar su rompecabezas.[m]

 

 

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