TXT: Toño Quintanar

IMAG: Automat Pictures

Durante las primeras décadas del Siglo XX, el cine sufrió una suerte de reinvención estética y psicológica la cual se vio apoyada de forma plena en los procesos vanguardistas propios de una época durante la cual el arte se transformó en un fenómeno absolutamente plástico y transgresor.

Luis Buñuel, Carl Theodor Dreyer, Ghermaine Dullac, Jean Epstein y Jean Cocteau son sólo algunos de los autores quienes, durante dicho periodo, revolucionaron para siempre las posibilidades del lenguaje filmográfico.

A pesar de que este fenómeno se extendió por casi todo el mundo; Estados Unidos, con su cinematografía de carácter funcional e industrializado –que también tenía su chiste-, se vio desplazado de manera olímpica de los movimientos experimentales gestados dentro de la primera mitad del Siglo XX. Sin embargo, el paso de los años traería consigo el surgimiento de nuevos visionarios y artistas quienes se encargarían de darle a Norteamérica su propia vanguardia, erigida sobre los descarnados pilares del cine de explotación y de serie B.

Es así como, a finales de la demencial década de los sesenta, un par de genios innovadores uniría fuerzas con el fin de reformular al formato fílmico. Por supuesto, nos referimos al director John Waters y al actor Harris Glenn Milstead, mejor conocido por el mundo entero como la sensacional Divine.

Cintas primerizas como Mondo Trasho (1969) y Multiple Maniacs (1970) dan fe de esas capacidades inventivas que esta pareja se vio forzada a desplegar dentro del mundo del celuloide, más por una serie de carencias presupuestales que por una legítima inquietud vanguardista.

Las ausencias monetarias de cada una de las cintas producidas por esta dupla se vieron compensadas a través de historias absolutamente absurdas y actuaciones tremendamente hilarantes las cuales no requerían de grandes locaciones ni de equipos sofisticados.

La filosofía del Do it Yourself se impuso de forma absoluta, dando pie a un plasticismo narrativo y visual cuyas desfachadas situaciones conjuraron un surrealismo que fácilmente podría remitirnos a obras de carácter vanguardista como las que Buñuel y compañía gestaron en su época. Postura artística que, más adelante, alcanzaría su momento cumbre gracias a una joyita negra del cine la cual haría de lo grotesco una auténtica escuela estética.

Pink Flamingos (1972) es una obra maestra del arte transgresor la cual propondría una serie de procesos estéticos donde lo abyecto pasaría a transformarse en un rasgo capaz de cautivar de forma indescriptible a una audiencia la cual abandonaba las alas de cine con una doble sensación de éxtasis y asco reptando en su interior.

Mucho se ha dicho acerca del legado grotesco inaugurado por esta increíble cinta; sin embargo, su relevancia va aún más allá de dicho atributo. Haciendo uso de la cámara fílmica como un dispositivo absolutamente personalizado, el cual respondía de manera inmediata a necesidades específicas, John Waters y Divine se dieron a la tarea de hilvanar un discurso que se transformó en una bofetada directa y sin concesiones al orgullo conservador de una Norteamérica cuyos ídolos morales se encontraban en franca decadencia.

Ésta es la verdadera esencia de esa figura irrebatible que fue Divine: un espectáculo andante el cual invitaba al espectador a depurarse de sus tabúes más arraigados con el fin de abrazar un texto fílmico absolutamente original que, además de todo, ostentaba un  halo contestatario que buscaba hacer un boquete en las buenas conciencias de su generación. Mismo experimento que se vería continuado mediante producciones posteriores como la afilada Female Trouble (1974).

El inimitable estilo de Divine –expuesto en una larga cantidad de filmes rodados entre 1976 y 1988- haría que los productores de carácter comercial la consideraran un elemento sumamente atractivo para futuras producciones. Sin embargo, todo parece indicar que la fama masiva vino cargada de una suerte de maldición ya que, poco antes de que la actriz se incorporara al elenco de la insufrible sitcom Married with Children –participación que le hubiera significado un reconocimiento verdaderamente abrumador-, murió en el año de 1988  mientras dormía, con tan sólo 42 años de edad. Fue así como el Séptimo Arte perdió a uno de sus monstruos más hermosos. Sin embargo, su legado prevalece como un referente eterno de provocación y creatividad.[m]

 

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