Por Toño Quintanar

 

1975, durante el rodaje de Eraserhead

La puerta se abre con un sonido metálico y sordo; el cristalino eco de una moneda que cae en un pozo profundo. Sus ojos tardan en aclimatarse al espectáculo de sombras que se impone, marcialmente, a lo largo del departamento.

El novel director David Lynch deja que un suspiro de profundo agotamiento delate ante la vacuidad su secreta extenuación.

El hombre de 29 años no enciende la luz. Le gusta más la relajada y trémula negrura; se abre paso a través de ella mediante el sonar de su sensibilidad afiebrada.

El rodaje de aquella tarde le ha dejado rendido. El tiempo que se había estipulado para la filmación de Eraserhead ya se ha visto excedido, y ahora, con el fin de ajustar presupuestos, el muchacho se ve forzado a vivir en el mismo departamento que el protagonista de su cinta (Henry Spencer) ocupa como vivienda en la narración.

Sin embargo, la satisfacción que produce el trabajo creativo bien ejecutado le llena esa noche de una energía fantasma la cual transforma a su cerebro en una factoría expresionista; una peligrosa máquina de realidades.

El realizador se sienta en la cama y, cuando está por quitarse los zapatos; una terrible noción parece inflamarse en el aire, ganando relevancia a cada segundo.

Hay otra respiración en el cuarto aparte de la suya. Un casi imperceptible ronquido que, poco a poco, va adquiriendo fuerza hasta transformarse en un leve quejido de intranquilidad.

La luz de la Luna –ese gigante receloso, incomprensible, noctámbulo- proyecta un pasajero bucle de claridad en la habitación y Lynch es capaz de identificar fugazmente a la intrusa: una blanquísima niña de ojos saltones. Una niña, risueña y deforme, quien tiene la cara imposiblemente hinchada, como si sendos tumores le hubieran practicado una especie de fallida intervención plástica. Es idéntica a la actriz Laurel Near cuando se encuentra caracterizada como ese onírico y siniestro personaje que él mismo ideó para Eraserhead: la Chica en el Radiador.

Al verla ahí, de pie frente a él; portando una voluptuosa sonrisa que contrasta con la morbidez de su rostro, David registra la esencia más pura del miedo: la raíz de ese temor a lo desconocido que es tan viejo como la humanidad misma.

Sólo hace falta que la chica se ponga a cantar para que aquel momento sea una secuencia extraída de su filme, un trozo de ficción volviéndose real frente a sus ojos.

No da crédito. Es imposible. Las monstruosidades que moran su cabeza por fin han escapado para buscarse una vida propia; una existencia palpable en el mundo terrenal. Pero antes de comenzar a vivir, tienen que deshacerse de su creador; de ese padre cuya sobreprotección psíquica no les permite emanciparse de sus perpetuas restricciones existenciales. La ficción debe de matar al hombre; tal como el hombre mató a Dios, hace ya varios años.

La horrible niña se acerca a Lynch hasta que sus rostros se encuentran a centímetros de distancia. Un grito permanece atrapado en los pulmones del director, expandiéndose de forma dolorosa y silente.

Aquella aberración no dice nada; simplemente se limita a guiñarle un ojo cómplice. Después desaparece por la puerta del departamento. Así de sencillo ha conseguido adueñarse de su libertad.

La Luna se refleja tiránicamente a través de la ventana; un regente el cual escruta a la ciudad durmiente con su recelosa mirada. Lynch se pregunta si en ella morará algún centinela deforme: un hombre solitario quien controla los mecanismos lumínicos del satélite, apretando botones y accionado palancas durante los 365 días del año.

David comprende que será mejor expulsar todos sus demonios lo antes posible; terminar Eraserhead, antes de que Eraserhead termine con él. [m]