Por Arturo J. Flores

 

Jueves, 28 de octubre de 1999. Pabellón Oeste del Palacio de los Deportes. A minutos de que iniciara el primer y hasta ahora único concierto de Rage Against The Machine en México, se me presentó una disyuntiva. Ante la amenaza de un portazo y la violencia que se vendría, los Lobos nos informaron que, o nos metíamos al bodegón en el que tendría lugar la actuación del grupo o nos cerrarían la puerta y nadie más tendría acceso.

 

 

Yo había invitado a un amigo a ir conmigo. No lo dudó y echó a correr adentro. En mi caso, quedé petrificado sin saber qué hacer.

-¡Ven, pendejo! ¡Te vas a quedar afuera! –me gritó.

-¡No! –le respondí y eché a andar en sentido contrario, directo a donde tendría lugar el portazo que, de acuerdo con los rumores, sería perpetrado por el Consejo de Huelga de la UNAM.

Ese día yo cumplía cuatro meses como reportero del diario Esto. Me había integrado a una plantilla de colmilludos lobos de la información entre los que se encontraban Félix Zúñiga, de la fuente de cine; Maru Paéz, de teatro; Mario Rojas y Gaby Mata, de televisión y Esther Gallardo, la encargada de música. Como a ella no le gustaba el rock, me cedió la oportunidad de cubrir a RATM. Yo era el chamaquito inexperto del equipo.

A esas alturas ya me había llevado varias regañadas por parte de Enrique Feliciano, el editor. A él le debo el periodista que soy. Me forjó como se moldeaba antes a los inexpertos arrogantes como el que fui: a punta de guardias infames, redacción de notas tediosas e infumables y buscar por teléfono durante días al protagonista de la noticia.

Nada de no me contesta.

Me tardé tres meses en firmar mi primera nota. Entonces el crédito tenía un valor. Había que ganárselo con sangre. Adjudicarse la autoría de un artículo parecía tan delicado como signar la confesión de un crimen. Por eso le cogí tanto respeto a mi crédito.

Ese día que tocó Rage Against The Machine, mientras corría lejos de donde comenzaría uno de los conciertos más importantes de 1999, supe que si llegaba a la redacción del periódico sin los detalles del “portazo”, no me la acabaría. Tomé una decisión que para quienes aman más la música que el periodismo pudiera ser equivocada. Pero como dice la banda española de punk Benito Kamelas “y no cambio ni un solo minuto”.

 

 

Al final, conseguí atestiguar ambas cosas.

El fin de semana pasado no pude entrar al Corona Hell & Heaven Metal Fest. No es la primera vez que esa misma productora demuestra su incapacidad para sacar adelante, en cuanto a su relación con los medios de comunicación, un evento como el que tiene entre las manos.

¿Pero de verdad a alguien le importa que yo no haya podido estar presente en el Autódromo cuando tocaron Rammstein, Twisted Sister, Ghost, A.N.I.M.A.L, El Clan, Fear Factory y otras tantas bandas a las que tenía ganas de escuchar?

Sí: a mí.

Y sólo a mí.

 

Los días que siguieron me coloqué en el papel de un lector. De alguien que por razones diversas no estuvo en el Hell & Heaven, pero que es fan del metal y quiere enterarse de lo que sucedió.

Lo que me encontré en mis gloogeadas fue un titipuchal de reseñas cojas, mutiladas, deformes, raquíticas, escritas con deplorable ortografía, gramática, carentes de detalles, redundantes, llenas de lugares comunes (“La banda complació a su público”, “contagiando de energía a todos los presentes”, “se armó el slam”) y otro tanto de videos soporíferos, aburridísimos, mal editados, eternos… que en definitiva nos dejaban a quienes no fuimos con la misma cantidad de preguntas que antes de perder nuestro tiempo viéndolos.

Excepción maravillosas las crónicas (ese sí merecen ser llamadas Crónicas) de Pólvora y Chico Migraña. Por el primero me enteré del setlist de Sepultura que celebraba sus 30 años y por el otro, del mejor análisis punto por punto, de los errores y aciertos de este Hell and Heaven. Les recomiendo darse una vuelta por Sangre de Metal.

De ahí en fuera, el cascajo informativo que encontré sólo contribuye, a mi pesar, a mi idea de que al Periodismo Musical se le han colocado demasiados clavos en su cruz. Berrinchitos de niños mimados que prefieren disfrazar su ignorancia y pereza por investigar quejándose porque no les dieron su pulserita All Access que por establecer un verdadero compromiso con su lector, cibernauta, consumidor.

Me recuerdan esa anécdota que no he conseguido averiguar si es cierta o no, pero igual funciona. Un joven reportero al que hace muchas décadas se le encomendó cubrir un partido de beisbol y regresar antes de la medianoche a escribir la nota. El “hueso” (como les decían a los comodines en las redacciones) volvió a las 10.

-Apúrate, ya vamos a cerrar –le ordenó el editor, indicándole el camino hacia la máquina de escribir.

-No, no tengo nada qué redactar.

-¿Cómo? ¿Es que no cubriste el partido.

-Es que no hubo nota.

-¿Por qué no hay nota?

-Porque durante la séptima entrada, comenzó un incendio en el estadio. La gente tuvo que ser desalojada, pero hubo varios muertos. El partido se suspendió y por eso no hay nota que hacer.

Así te ves tú “cubriendo” el Hell and Heaven, dándole más importancia a que te tardaste en entrar antes que denunciar la suciedad de los baños, la lejanía del escenario destinado a las bandas nacionales o la calidad del audio. O el Señor Show que dieron Twisted Sister o Rammstein.

Hace ya 17 años estuve a punto de no cubrir un portazo por no perderme un concierto de Rage Against the Machine.

Pero preferí cumplir con mi trabajo. Ser los ojos de quien no pudo estar ahí.

El fin de semana pasado no entré al Hell and Heaven. Y me costó mucho trabajo encontrar gente que cumpliera con el suyo y me contara qué tal estuvo. [m]