Desvirgando Casetes por Arturo J. Flores

“Te tragarás la colección de cassettes

de las Shangri-las o las Ronettes”.

Siniestro Total

Existía un encanto especial en grabarle un casete a alguien. Algo que la playlist no puede igualar. De entrada, la sorpresa. Porque aunque podías –o no– enlistar el inventario de canciones en el cartón que acompañaba a un casete “virgen”, también se valía dejarlo al azar. Colocarte los audífonos y como Clay, el protagonista de “13 reasons why”, subir el volumen para que la música silenciara los latidos de un corazón ansioso por descubrir qué es lo que había grabado el que desvirgó al casete.

No me malentiendas. No vivo en el pasado y por supuesto que configuro listas de reproducción en mi teléfono. Decir que las “curo”, me parece un acto de infinita arrogancia, por lo que me limito a decir que las alimento constantemente. Tengo listas de lo Mejor –según mi punto de vista– que ha surgido en 2017; de las canciones en español que más me gustan, las que incluyen un emotivo solo de guitarra o aquellas que funcionan como banda sonora de los libros que he escrito. Tengo listas para ir a correr, para viajar por carretera y para escribir mi columna en Marvin.

Si por mi fuera y me sobraran horas, haría listas para trapear –el suelo de mi casa, no hablo del trap como género–; para ver porno cuando le quito el sonido y algunas que sirvan como fondo cuando estoy esperando a que me atienda el dentista.

Eso hacemos los seres humanos en 2017: listas para todo. La mayoría, más inútiles de lo que creemos.

El casete, en cambio, tenía una naturaleza artística. Primero, porque a diferencia de la playlist digital, un pedazo de plástico es finito. Podías comprarlo de 60 ó 90 minutos, pero sabías que su duración no será eterna. La playlist de Spotify representa a una bestia de apetito voraz. Puedes meterle millones de canciones por el hocico y jamás estará satisfecha. Eso hace que cada una de las piezas pierda su valor. De pronto son tantas que dejan de importar cuando las miras de lejos. Es una cadena con tantos eslabones que cada uno es igual al anterior. Desprovisto de significado y carga emocional.

Al casete le cabían, digamos, 14 rolas. Cada una debía tener, parafraseando a La Barranca, un peso infinito. Significar algo. Decirlo, expresarlo. En un susurro o a gritos. No estaban ahí de relleno ni puestas por casualidad. Cada una iba concatenada por la anterior y se volvía insustituible. Tomando en cuenta su ritmo, su cadencia, su energía. Y su duración, porque si se quedaba mocha dejaba inservible al total. Había que ir a la tienda por un nuevo casete.

Además estaba la cuestión personalizada. A una playlist sólo se le puede poner un nombre para distinguirla de otras. “Para manejar”, “Lo mejor del verano”, “Mi selección para sentirme rudo”. Tal como pasa a los empleados de una empresa a los que se les obliga a ir de uniforme. De no ser por el gafete que cuelga de su pecho, o de su cintura, se trataría del mismo trabajador. Al final unos chaparros y otros altos, gordos o flacos, pero para efectos del funcionamiento de la maquinaria, engranes ciento por ciento intercambiables.

Con el casete era otra cosa.

Porque permitía que uno lo personalizara. Lo volviera un objeto único. Dedicado a alguien. Un alguien que en nuestra imaginación erótica tampoco se puede sustituir. Al casete se le podían hacer dibujos, agujeros, manchas, pegarle estampas o fotografías. Tatuarlos para toda la vida y encima, de forma artesanal.

En mis años darkies (Si Picasso tuvo su Periodo Azul, ¿por qué no habría yo de tener uno capítulo negro en mi pasado?), le obsequié una vez un disco compacto a una chica que bien pudo ser musa de Poe. El CD permitía calcular un poco mejor el espacio y distribuir las canciones porque te ofrece un panorama de duración, pero sin lugar a dudas el casete sigue siendo el mayor de los riesgos, porque no había manera infalible de saber cuántas canciones cabían a un intestino de cinta. La cosa es que en el librito también virgen que acompañara a mi CD le escribí un (mal) poema, además dibujarle demonios, cruces, vampiros y cuanto garabato surgió de mi pueril y común imaginación.

Me gusta pensar que aunque nuestro amor pasó de moda, igual que el movimiento gótico, ella lo conserva como un testimonio de esa juventud que compartimos, además de la complicidad de las sábanas, algunas películas y uno que otro viaje a bordo de un churro mal ponchado.

Borrar un casete que alguien te grababa no es lo mismo que eliminar una playlist. Porque la segunda tiene compostura. Podría uno por accidente hacerla desaparecer y con un poco de tiempo y dedicación, restablecerla sin consecuencias. El casete no. Si grababas encima de él no había vuelta atrás, Podrías intentar arrebatar la virginidad a otro con la mismas canciones, pero como sucede con nosotros cuando alguien nos arrebata la nuestra, tampoco volvemos a ser los mismos.

Esa era la magia de desvelarte grabándole un casete a alguien. Sacando en días anteriores a Internet de quién-sabe-donde las rolas, dibujándole una diabólica criatura sin forma en la portada, escribiendo su nombre con pésima caligrafía medieval e intentando que ninguna canción se oyera mocha o peor aún, que quedara demasiado silencio entre una y otra. Sólo así aseguraríamos que aquellas canciones dieran en el blanco. Que se volvieran imprescindibles para los oídos a quienes iban destinadas.

Grabar un casete era darle vida. Y decirle: “levántate y suena”.

 

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