TXT: Toño Quintanar

Desde los inicios más precoces del rock n’ roll, el cine mexicano ha encontrado en dicho movimiento un tema sumamente atractivo el cual se ha visto abordado bajo distintas lupas e intencionalidades.

Por supuesto, durante sus inicios, esta escuela fílmica se vio rodeada por una suerte de “ingenuidad” argumental que era resultado directo del ánimo de conservadurismo y censura que reinaba en los medios mexicanos durante la naciente segunda mitad del Siglo XX.

Es así como nos encontramos con cintas como La Edad de la Violencia (1964), producción estelarizada por César Costa la cual, a pesar de su innegable valor, resalta como una muestra de esas visiones absolutamente desubicadas que los altos estratos de la sociedad de aquella época profesaban acerca de los jóvenes y la música.

Fue hasta el surgimiento del rock psicodélico/rupestre que el cine mexicano se atrevería a experimentar a través de temáticas cada vez más arriesgadas las cuales retrataban con honesta veracidad los desgarbados ambientes de los hoyos fonquis, las drogas y la música de carácter estridente.

Muy probablemente, la muestra más entrañable de este movimiento fue Deveras Me Atrapaste (1985), cinta dirigida por un Gerardo Pardo Neira quien se muestra decidido a escarbar profundamente en la dermis de la contracultura nacional con el fin de esculpir una auténtica mitología alrededor de ella.

La cinta narra la historia de Aida (Lucy Reina) una joven provinciana quien huye a la capital defeña con el fin de desentenderse de la monotonía que rige su vida. La muchacha pronto se ve atraída por el mundo subterráneo del rock lisérgico y es en medio de estos ambientes que conoce al Humo (Gerardo de la Peña), un joven músico con el que habrá de compartir un intermitente idilio romántico.

Es sobre este último personaje que recaen una serie de rasgos simbólicos los cuales emparentan de manera definitiva al género del rock con una serie de principios metafísicos verdaderamente insólitos.

A pesar de que, a lo largo de su narración, la cinta se desenvuelve en un contexto estrictamente urbano-realista, su historia también incluye una serie de rasgos fantásticos cuyo ánimo de veracidad nos recuerda al estilismo narrativo creado por grandes plumas de la literatura mexicana como Carlos Fuentes y Juan Rulfo.

Asunto al que se suma una esencia decididamente contestataria la cual deja al descubierto la vena más rebelde del rock producido en nuestro país.

Los personajes que deambulan  lo largo de la cinta se presienten como auténticos marginales quienes se abren camino entre las ruinas de una civilización la cual, en el mejor de los casos, los observa a través de unos ojos absolutamente despectivos.

Sin embargo, es esta misma categoría la que los transforma en los últimos herederos de una resistencia que está dispuesta a denunciar de manera intrínseca las hipocresías más arraigadas de una sociedad autocomplaciente y amañada.

“El rock no necesita de la bendición de los intelectuales”. Es con estas palabras con las que Gerardo de la Peña exorciza a dicho movimiento de cualquier tipo de intervención que pretenda mancillar la pureza de un estilo de vida que no le pide nada a la normalidad alienada de la mayoría.

 

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