Por Cristine Adler y José Lagos 

Sin buscar nada ni pretender algo, hojeo una revista vieja. Tan vieja que alguien ya recortó siluetas, cuadros, formas indistinguibles. Tan vieja que sus artículos parecen desconocidos y, a la vez, tan nuevos. Tan vieja que realmente se ve vieja.

Me detengo en una de sus páginas, es un cartel de Mutek.Mx y sus líneas inevitables. Siento el ridículo, casi la angustia, el cartel y la revista apenas tienen dos años. Muy pronto admito que, si acaso, reconozco a solo tres de aquél line up. ¿Al resto los conocí alguna vez? ¿Habré bailado alguna de sus canciones? ¿Dónde estaba hace dos años? ¿De quién y con quién me enamoraba salvajemente?

La doceava edición de Mutek.Mx, como siempre, como todo, ha sucedido. Las noches de fiesta y rayos negros y sudores vibrantes y afters blancos de lenguas inundadas se habrán quedado en las fotografías de nuestros Instagram; en la promesa de otro tiempo, de otro año, de otro cartel que será mejor, más alucinante. En ese contexto, Dominick Fernow, artista musical estadounidense, platica, bebe algo que parece una margarita. Fernow se presentó en el Foto Museo Cuatro Caminos como Vatican Shadow, uno de sus enésimos proyectos, alias o posibilidades, La tarde fresca, el viento corre.

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Hace unos días escuchaba algo de tu música y pensaba que si dividiéramos a la música en aquella que sólo se recibe y la que de hecho tienes que acceder, la tuya pertenecería a la segunda categoría. Entonces, quería preguntarte si consideras que hay algún modo ideal para acceder a tu música, para hacer una especie de recepción creativa de ella.

DF: Bueno, siempre pienso que el mejor lugar para escuchar música es en el automóvil. Ahí es donde prefiero hacerlo. Hay algo con el movimiento, el recorrido y el aislamiento. Mucho de lo que hago gira alrededor de las contradicciones y el auto me resulta una muy grande; viajas a través del espacio y al mismo tiempo estás aislado y removido de él. Estás yendo a 500 millas por hora pero sólo estás, digamos, sentado ahí.

¿Así que también hay una especie de relación con la velocidad y la máquina?

DF: Sí, es como la libertad y la restricción, la exposición y el aislamiento; es una batalla entre el movimiento, tu cuerpo y la música. Se convierte en un tejido de las dos experiencias que estás teniendo.

En alguna ocasión has dicho que tu objetivo es hacer “sentir algo” a la gente. ¿Esas experiencias que mencionas, eso que te mueve paradójicamente, está relacionado con el shock que buscas provocar?

DF: Sí, de algún modo. Creo que esto se trata del contraste, si no tienes nada con qué contrapesar lo que estás haciendo, entonces realmente no puedes aprender nada sobre ti mismo. El sonido en sí es una contradicción; por un lado, lo sientes y puedes estar muy afectado por él, y por otro, te es imposible verlo. Es totalmente abstracto pero también es como una guitarra: visceral, literal, física. Creo que hay algo de mágico en la música, y no puedes hacer magia sin alquimia. La alquimia es la transformación de algo que conoces. Necesitas de contrastes para sentir algo.

He notado que muchas veces se utilizan adjetivos “negativos” para referirse a tu música, como “perturbadora” o “devastadora”. ¿Crees que el contraste tendría que ir en esa dirección? ¿Como haciendo una poética de lo desagradable?

DF: Creo que debes hacer uso del ruido disidente y la melodía. Sin embargo, a mí no me gusta pensar en esos términos ni a partir de esa división entre “fealdad” o “belleza”. Me considero más inclusivo que exclusivo. Con esto me refiero a usar todo, no sólo uno u otro lado: es la batalla entre ambos lo que da el significado. Pero también digo que el tiempo que estamos viviendo es el infierno. Yo no tengo nada bueno que decir sobre la vida y el mundo. Yo soy una persona afortunada con una “buena vida” y aún así sufro mucha ansiedad. No creo que sea tan simple como blanco y negro, eso es lo que lo hace difícil. Si todo fuera así…

En ese afán de inclusividad, ¿cómo describirías tu relación con el público?

DF: En el contexto en vivo, la audiencia es tan importante como el artista. Por definición, si no hay audiencia, no hay show. Hay un intercambio en esa relación. Creo que muchos artistas tienen ese tipo de actitud donde todo es acerca de ellos; yo no estoy de acuerdo. Todo es acerca de ese intercambio y la audiencia tiene mucho poder. Es trabajo del artista intentar generar algo de ahí, pero también es la elección de la audiencia, si está abierta o no a la experiencia. La combinación de ambos crea el acto; la relación es activa, no pasiva. No soy un artista de galería, no estoy trabajando en el aislamiento.

En cada contexto cambia tu obra.

DF: Algo así. Creo que el show es la parte más difícil, porque es donde hay menos cosas bajo tu control: el sonido, el clima, la gente. Todo es caos.

Por un lado, por el contexto de violencia que aquí se vive, podríamos imaginar que presentarte en México debió ser especial para ti. Y por otro, podríamos pensar, también, que por las formas en las que estamos expuestos a la violencia, tu música pudo tener un significado peculiar.

DF: No estoy motivado por la violencia y no considero que lo que haga sea violento. Creo que es libertad, creo que es energía. Para mí, la música es física y quiero que la audiencia se sienta liberada, quiero que no tenga miedo a usar su cuerpo para tener una experiencia y expresar algo físicamente. De modo que entre más exagerado soy, para la audiencia le es más fácil relajarse. Esa es la ironía: esto no está hecho para generar estrés, se trata de superar el miedo.

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¿Podrías atribuir que esa exageración te ha ayudado a persistir entre la avalancha de productos culturales por la que navegamos en el scroll global?

DF: Sí, eso creo. Hay demasiado de todo en el mundo. Es algo duro de encarar como músico cuando estás creando un producto. Es difícil preguntar “¿esto necesita existir?”, por supuesto que no. Simplemente es bueno darse cuenta de que estás lanzando algo al mundo y tratar de ser reflexivo acerca de lo que haces.

Poniendo tu música en esos términos, como algo enérgico y exagerado, ¿podrías calificarla como un acontecimiento por sí misma?

DF: Yo no puedo hacer eso. Por su recepción, es la audiencia la que lo decide. Lo que sí hago es tratar de crear un sentimiento de significado. Tal vez no está claro lo que se está diciendo, pero está claro que algo se está diciendo. Cuando la gente se pregunta “¿qué rayos? ¿Qué está haciendo?”, ahí es donde puedes empezar a involucrarla; porque si sólo estás ahí de pie tocando música, no estás comprometiéndote.

Otra cosa que me ha llamado la atención es la relación silenciosa entre tu música y la censura. Ya sea que estés a favor o dialogando con ella, creo que en tu proceso creativo siempre hay cierta tensión con ella.

DF: Creo que el papel del artista es hacerte sentir algo y si no tienes tensión, si eliminas la tensión de la sensación, te quedas sólo con el placer o el dolor. Yo no creo que la música sea vista del mismo modo que otras formas de arte como el cine, la poesía, la literatura, la pintura, la escultura, lo que sea. Si hago una canción sobre drogas, se asume que estoy drogándome, y ese no es el caso. Si yo creo un personaje en una película, que es un villano, sería muy improbable que alguien dijera “ese personaje es claramente esta persona porque él creó ese personaje”. Pero en la música, si haces un disco sobre algo, se asume que eres esa persona, y yo creo que es triste y peligroso haber llegado, culturalmente, a ese punto de vista.

¿Sientes que de alguna manera puedes separarte de tu trabajo?

DF: Sí, pero eso no significa que mi trabajo no sea sincero. Es demasiado simple afirmar que como en la letra dice “cocaína” el tipo usa cocaína. Es tonto. Además, yo vengo del tiempo antes del internet donde uno no tenía todas las respuestas. Cuando comprabas el disco, tenías que fucking lidiar con él. Nadie te lo explicaba. No había “like” o “dislike”, no podías escuchar antes una parte de él, sólo podías comprar la maldita cosa y vivir con eso. Uno intentaba que algo le gustara antes de juzgarlo. Y cuando uno tenía el álbum pasaba tiempo con él, leía las letras y no tenía otros tres mil setecientos discos al mismo tiempo. Cuando se pasaba tiempo con el disco, se pensaba en el disco, y cuando se pensaba en él, se construía una experiencia, formabas una relación y después podía crecer y gustarte o no. Pero no era nada de “entiendo perfectamente a esta persona y sé quién es y qué come y con quién coge y todo”. El misterio es lo que lo hace valioso, porque así es como se extrae algo; a partir del desconocimiento es como se construyen experiencias, porque se debe de tratar de entender, y cuando uno trata de entender algo distinto es cuando aprende algo sobre sí mismo.

Así que sí, trato con muchos asuntos transgresores porque eso es lo que me interesa y ese es el mundo que vivimos. La gente tiende a categorizar a las personas basándose en sus creencias, pero en esa ecuación hace falta recordar que estamos hablando de seres humanos, de todos los seres humanos, de toda la gente y no de creencias. Y creo que es importante recordar que todo lo que tenemos aquí es creación nuestra: los malos, los buenos, las víctimas. Esta es nuestra creación y somos responsables de este mundo en el que vivimos, y este mundo es mierda y mucha gente en la música no parece afrontarlo. Creo que eso es muy peligroso, me parece que es muy importante enfrentar la realidad. Además, el arte tiene el deber de…

Hacer visible lo invisible.

DF: ¡Sí! Expresar lo que significa ser un ser humano. Es lo más humano que tenemos, es la única forma de lidiar con nuestra consciencia y nuestra separación de la naturaleza.

De modo que dirías que tienes una pretensión universal, de llegar a los sentimientos más profundos sin importar el contexto.

DF: Eso es lo que creo y además creo que hemos perdido mucho de esa conversación. Creo que estamos muy enrollados en lo que pasa ahora y no en algo más metafísico, más amplio. Esa es la esencia de lo que significa estar vivo. Los liderazgos y las situaciones políticas vienen y van, cambian continuamente. Pero estas preguntas esenciales son para todos. No me gustan las cuestiones políticas por estar tan limitadas al tiempo y al espacio. No digo que no sean importantes, pero hay que ver la otra discusión, la discusión más profunda, lo que significa estar vivo y ser un ser humano. [m]