TXT :: Hector Elí Murguía Morales

En mis viajes cotidianos a cualquier lugar, David Bowie es un acompañante sonoro infaltable en el reproductor de música. Lo conocí en la adolescencia viendo un documental sobre sus videos en la casa de un tío melómano. Dentro de su colección de películas, se encontraba un compilado de videos titulado Best Of Bowie. 

Recuerdo cuando vi la portada de aquel material: era confusa; fue mi primer encuentro con un alienígena que pronto estaría frente a mis ojos a través de la pantalla, en el video de “Blue Jean”. La rola al principio no me convencía. Se me hacía un intento de aquel ser extraño por bailar como una especie de bailarina de belly dance, y según mi tío “no por nada le decían el camaleón, hijo”. Su vestimenta y su forma de cantar, confirmaron sus palabras al ver al mismísimo extraterrestre, en una escena siguiente, sentarse con la protagonista del video, ahora vestido de saco, corbata y pantalón formales, justo como mi apreciado familiar, quien se viste de esa manera hasta la fecha. 

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Fue una especie de choque mental. Mi cabeza no concebía que un tipo que bailaba cual muchacha con medio bote de pintura de aceite dorada en el cuerpo, pudiera verse como cualquier mortal; como nosotros. Por otro lado, su aspecto podía compararse bien al del actor Richard Gere o con algún músico como Barry Manilow. 

Para esa época, Bowie había trazado la historia con la androginia de sus alter ego, Ziggy Stardust en 1972 y The Thin White Duke a finales de esa década. Después del lanzamiento de Let’s Dance en 1983, Bowie retomó la estética de los ochenta para vestirse: camisa, tirantes, pantalón de tela y saco, sumados a un peinado con frizz; todo un “licenciado”. 

Para 1984, mientras el “jefe” Bruce Springsteen conquistaba todo el continente americano y The Smiths se presentaba con John Peel en Reino Unido, el icónico camaleón publicó Tonight, una colección con covers como “Don’t Look Down” de Iggy Pop, “God Only Knows” de The Beach Boys, y composiciones originales, justo como “Blue Jean”, una canción inspirada en una pieza fundamental del rock n’ roll, original de Eddie Cochran.

La frase “somebody send me” inscrita en los coros del track, se me quedó pegada en la mente durante unos meses. Mientras tanto, comencé a buscar la discografía de Bowie y las tres palabras que me recordaban que “alguien lo había enviado”, hicieron que nunca olvidara ni mi encuentro con él, ni esa canción que muchos puristas de su trayectoria desprecian. Desde algún otro universo, este ser pudo partirse en pedazos para mostrar las diferentes facetas de sus personajes, que representaron tanto al rocanrolero espacial como a uno de los compositores pop más intrépidos de los ochenta.

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Descubrir al camaleón siempre resulta impactante, independendientemente de qué versión del arista haya llegado a tu vida por primera ocasión.  

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