TXT :: Héctor Elí Murguía | FOT :: Jean-Baptiste Mondino

En las últimas tres semanas, Björk ha sido tema de conversación. Los precios para su concierto en el Auditorio Nacional, que iban desde los 750 hasta los 7,000 mil pesos, descorazonaron a los millenials hipsters afectados por el gasolinazo. Hasta los más mirreyes, se enteraron que a sus amigos hippies les iba a salir caro ver a su “cantante rarita”, lo cual seguramente los llevó a preguntarse en cuánto les iba a salir el chiste de ver a Steve Aoki, por “quincuagésima octava” ocasión… 

Pocos días después (para rematar) el Festival Ceremonia publicó su cartel oficial en el que la cantante será headliner junto con Underworld, M.I.A. y Beach House, entre otros buenos actos.

bjork

Hace dos años me tocó reseñar su álbum más conocido: Post de 1995, que en aquel verano cumplió veinte años de haber sido concebido. Como fanático de los guitarrazos  pocas veces había escuchado a Björk. 

Sin duda, “Army Of Me” conquistó mi corazón rocanrolero después de que mis oídos detectaron el sampleo proveniente de la batería de John Bonham de “When The Levee Breaks”, de Led Zeppelin -sampleo utilizado también por los Beastie Boys en su primer álbum Licensed To Ill-. Pero existía algo más que solamente una poderosa reminisencia al rock de los setenta en su música.

Björk llegó como una indigestión acidulada en la década de los noventa antes de que Kurt Kobain muriera y el duelo mediático entre Oasis y Blur fuera la causa de una debacle británica que se esparcería alrededor del mundo. Una de las muestras más puras de este argumento es “Crying”, un poderoso track de electrónica fundada con el sonido de los soundtracks de Bollywood y la desgarrante voz de la diosa nórdica

Aquella canción me la encontré recorriendo la discografía de Björk, pero tuve una experiencia muy peculiar, una noche en un bar en la Colonia Roma en donde platicaba con una amiga. Vaya fantasía. La canción me cayó como anillo al dedo después de un minucioso trago de whisky que se mezcló con la inminente caída de mi alma ante los gritos melancólicos de la nativa de Reykjavik, capital de Islandia

Al ritmo de la canción, mi mano comenzó a agitarse involuntariamente y cerré los ojos para bailar. Cuando los abrí, mi amiga sollozaba. “¿Qué traes?” pregunté. “La verdad es que escuchar a Björk me causa mucha tristeza, suficiente como para recordar todo lo culero que me ha pasado en esta vida, como a todos nos pasa, no estoy diciendo que sólo me pase a mí, pero su voz… es tan cercana, que pues por lo que ya me tomé seguramente me está haciendo chillar como estúpida”, me dijo. Lo que acababa de vivir me mostró en esencia quién era Björk: un dulce amargo envuelto en un papel fosforescente, que cuando lo tragas, es suficiente para hacerte sentir bien y mal al mismo tiempo.

bjork

Antes de que los vestidos surrealistas y las máscaras aparecieran en su vida, después de tres álbumes cantando con The Sugarcubes (banda que abrevó del estilo de The B52’s y lo actualizó), Björk debutó en el mainstream mundial como solista, en 1993 con un híbrido sonoro de house, dance, trip hop y unas pinceladas de jazz; muy lejos de la grabación que había producido su padrastro en 1977, cuando ella tenía apenas 11 años (y cantaba igualito, por cierto). Más allá de las canciones promocionales “Human Behaviour” y “Big Time Sensuality, que ya por sí mismas llevan una carga emocional estremecedora, su marca en “Crying” es incuestionable. Es un sollozo de música electrónica adornada perfectamente con unas notas de piano comparables con “Hey Bulldog” de The Beatles. 

bjork

Cuando apareció este que hoy se considera un parteaguas en la historia de la música, la opinión estaba muy dividida, pues mucha gente (críticos incluidos) deseaba escuchar más rock, aún cuando todos los seguidores de The Sugarcubes ansiaban escuchar en solitario a la chica de ojos rasgados.

El tiempo no sólo le ha dado la razón, sino que ha escondido detalles importantes como la importante labor de co-producción del nativo de Bristol -cuna del trip-hop-, Nellee Hooper; la inclusión del cover “Like someone in love”, original de Jimmy Van Heusen y Johnny Burke, y que estrenó Bing Crosby en los cincuenta, y la inesperada participación del primer y más importante bajista de Public Image Ltd., Jah Wobble, en el cañonazo “Play Dead”, quien toca y co-escribe junto con Björk y David Arnold, el director de The Young Americans –película para la que se utilizó este sencillo, que además no se incluye en la primera edición del álbum-.



Mucho se sigue diciendo de Björk, de su trayectoria sonora, de su propuesta artística, de su vida personal, pues su presencia pública es una experiencia vital para todo fanático de la música.

Sin embargo, hay mucho que conocer de la experiencia de verla en vivo, independientemente de los registros en video y excluyendo apasionamientos en la medida de lo posible; la presentación en directo, desde el show que abrió la gira de Debut el 19 de agosto de 1993, hasta lo que presentará próximamente, es una constante puesta en escena asombrosa, en constante mutación, que debe contarse, de boca en boca, de padres a hijos, como en las tribus ancestrales.

bjork

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here