Por Arturo J. Flores

 

Hace muchos años, cuando aún existía Rockotitlán, me fui una noche a ver a La Barranca. Originalmente iría solo. Pero la que entonces era mi novia insistió en acompañarme. “¿Por qué no me invitas?”, me reclamó cuando cogí mis llaves y me despedí. “Porque no te gusta”, le respondí. “Bueno, igual me puede gustar”, dijo ella. Muchas veces había yo puesto el disco en la casa y nunca llamó su atención.

¿Cuántas veces ella no le cambió de canal cuando en la televisión aparecía el video de “Día negro”?

Pero fuimos juntos al concierto. Y mientras José Manuel Aguilera se rompía el alma a la mitad de un solo, mi novia me pidió que le diera un beso.

“¿Me permites?”, le rogué, saliendo por un segundo de la burbuja en la que la música suele envolverme. “Estoy escuchando música”.

“Sólo quiero un beso, no te estoy tapando las orejas”, me recriminó. Era obvio que se estaba aburriendo de lo lindo.

Yo, temiendo que la canción siguiera escapando de mi atención, la besé superficialmente y me encapsulé nuevamente. La música dura un instante que no se repite.

Lo que le expliqué, razón además por la que nunca volví a llevarla a un concierto que no le interesara, es que la música en vivo se escucha con todos los sentidos. El sonido entra por tus oídos, pero la imagen del músico interactuando con su instrumento complementa la experiencia. Esa es la razón por la que existe un ingeniero de luces, un diseño de escenografía, una pantalla (cuando la hay) e incluso, la complicidad de estar compartiendo la música con una tribu de desconocidos, eleva una canción a un estadío sensorial distinto. Ella jamás pudo verlo de esa forma. Esa es la razón por la que algunos melómanos somos insoportables.

Me gusta preguntarle a mis alumnos de Periodismo Musical cuánto tiempo invierten en escuchar música.

“Todo el tiempo” es la respuesta más común. “No puedo hacer nada sin escuchar música”.

Invariablemente tengo que explicarles: no es lo mismo escuchar música que poner música de fondo para hacer tu vida. Lo cual tampoco tiene nada de malo. Yo también leo, conduzco, camino, escribo (ahora mismo), trapeo, cocino, como, hago el amor, me ducho, asisto a reuniones, hago ejercicio y espero a pasar con el dentista mientras oigo música. Escuchar, con mayúsculas, es otra cosa.

De vez en cuando, a veces por trabajo y otras por placer, escucho música.

Esto es: pongo mi vida en blanco. Durante el tiempo que le dedico a uno, dos o más discos no pienso en otra cosa. Ni me angustio sobre cómo pagaré la renta, ni tampoco salivo imaginándome los tatuajes de mi actriz porno favorita. Sólo le pongo atención a los sonidos. Desmenuzo cerebralmente cada instrumento, cada adorno, cada incidente, cada palabra (cuando hay letras) y cada intención. A veces hasta cierro los ojos.

Es lo mínimo que te exige reseñar a conciencia un disco. Obsequiarle un trozo de vida. Igual que el músico hizo cuando la compuso.

Sin embargo, operan dos factores en contra. Primero, que las personas no nos damos el tiempo para escuchar música. Y segundo, que el resto del mundo tampoco entiende lo que significa escuchar música.

“Mientras oyes tu música, ¿puedes sacar la basura?”

“Tú que no estás haciendo nada ahí con tus audífonos, ¿puedes venir a ayudarme?”.

“¿Me das un beso? No te estoy tapando las orejas”.

En el documental “Montage of Heck”, acerca de Kurt Cobain, entrevistan a su exnovia Tracy Marander, quien en un momento explica que cuando el líder de Nirvana se quedaba, literalmente, en la pendeja, ella ni siquiera intentaba sacarlo del trance. “Porque yo sabía que su cabeza estaba trabajando, estaba creando”. Para mí, esa bendita mujer tiene mucho más mérito en la trascendencia cultural del rubio guitarrista, que Butch Vig, productor del “Nevermind” que hace apenas unos días cumplió 25 años. Entre las muchas cosas que Tracy dejaba que Kurt hiciera sin molestarlo, era escuchar música. Fue ese respeto amoroso el que permitió que un artista hiciera su trabajo.

Una vez leí un texto de Enrique Serna titulado “El maltrato al lector” en el que se quejaba amargamente de la falta de espacios para disfrutar de un libro. El barullo generado por los televisores en las cafeterías, la insuficiente iluminación en los hoteles y las ruidosas películas en los autobuses transforman la lectura en un martirio. Cuando debería ser un placer.

Disfrutar de un concierto en México cada vez es más complicado. Entre los vendedores de cerveza, mezcales y esquites que te pasan enfrente, te gritan como merolicos su mercancía, y las lobukis y mirreyes que se la pasan hablando en vez de prestar atención, uno quisiera que el resto del universo se detuviera, como en una película de ciencia ficción, para poder dedicarse solamente a escuchar.

Quienes disfrutamos de escuchar música con audífonos observamos un panorama no más alentador. Estoy de acuerdo que andar en bicicleta con audífonos es una estupidez. Pero que alguien te reclame porque te los colocas cuando estás echado sobre tu cama me parece una barbaridad.

“Ash, nunca me escuchas… ¿qué es lo que quieres? ¿aislarte del mundo?.

Te tengo una noticia, deberíamos decir: sí. [m]