Por Arturo J. Flores

 

Con el perdón de Eco, soy más integrado que apocalíptico. Me entusiasma el presente. Aunque guardo una posición critica, jamás despotrico en contra las nuevas generaciones y contra lo que el nombre de mi columna sugiera, tampoco sostengo que mi tiempo de juventud haya sido mejor que el actual.

 

 

Estoy convencido que si presto la debida atención, tengo mucho que aprender de quienes aunque faltos de experiencia, se presentan sobrados de energía e ímpetu. Tampoco creo que les pueda “enseñar” algo, por más que imparto talleres y cursos a jóvenes. Simplemente me paro delante de ellos con la humildad de quien desea compartir un conocimiento, transmitir una idea y llegar juntos a una conclusión.

No temo a conocer música nueva o intentar nuevas formas de comunicación. Para eso estudié, precisamente, comunicación, ¿no?

Pero tampoco me trago todo sin cuestionar. Ni me olvido del pasado. Estoy convencido de que para asimilar mejor el presente se debe tomar en cuenta el camino recorrido. A veces me gusta elaborar teorías para explicarme lo que pasa a mi alrededor.

 

 

Ayer me entrevistó un exalumno como parte de su proyecto de titulación. El tema: YouTube. Particularmente su papel como herramienta promocional de artistas independientes.

Respondí a sus preguntas pero me fue imposible circunscribirme a los terrenos del “sí” o el “no”, de observar el fenómeno desprovisto de claroscuros y ofreciendo una visión totalmente positiva o negativa del fenómeno.

“¿Con la llegada del mundo digital se ha ganado o se ha perdido respecto a la industria musical?”, fue uno de los cuestionamientos.

“Se ha ganado más de lo que se ha perdido”, respondí.

Se ganó espacio. Por lo menos entre gente como yo, que nos deshicimos de nuestra colección de discos y archivos de MP3 en aras de contar con más espacio físico en nuestros reducidos departamentos y discos duros. Las plataformas de streaming como Spotify, Deezer, Tidal o el mismo YouTube me permiten escribir con mucha más agilidad cuando se trata de artículos musicales.

Porque ya no invierto horas buscando una canción, una referencia, un fragmento específico, un cover o un riff en mi colección de discos y de videos, para después mencionarlo en una nota.

Perdieron, creo, colegas como mi amigo Paco Zamudio, quizá el único detractor que conozco del Record Store Day. Año con año mantiene una posición de no al vinilo, porque le parece injusto haber invertido miles de pesos en una colección de CD’s que ahora parece obsoleta.

“¿Es YouTube una herramienta de promoción efectiva o no para las bandas independientes?”.

Sí y no, volví a contestar.

Lo es para quienes ahora cuentan con la posibilidad de subir un video, aunque sea elaborado con los más mínimos recursos, para que lo vea la mayor cantidad de personas.

Veamos.

Hace un mes me enteré de la existencia de Boyfrndz, una delirante banda psicodélica de Austin, Texas, que este mes lanzará su tercer disco de estudio, titulado Impulse. No me canso de escucharlo. Le dije a un amigo que me parece un licuado lisérgico de Mars Volta, Muse, Tame Impala y hongos de Matehuala.

 

 

La cuestión es que el video de su más reciente sencillo, Ghosted, apenas rebasa las 3,689 reproducciones en Youtube, a pesar de haber sido subido desde el día 4 de este mes de abril.

¿Menos de 4,000 visitas para una banda que giró como soporte de PALMS, el proyecto alterno de Chino Moreno, de Deftones?

Parece que no es nada.

Pero ojo, 3,689 personas alcanzarían para llenar un Teatro Metropólitan.

Vayamos a otro ejemplo.

María Robot es otra de las bandas mexicanas de las que recién tuve conocimiento y que me volaron la cabeza. Anoche presentó su primer disco, una suculenta mezcla de ambient, electrónica y un rock suave de gran elegancia.

Lo que encontré en YouTube fue un video suyo con ¡122 reproducciones!

 

 

¿Parece nada, verdad?

Volvamos a los noventa por un minuto.

Entonces no había Internet, mucho menos YouTube. Las bandas sacaban fotocopias, volanteaban de mano en mano los flyers de sus presentaciones. No había forma de grabar un disco si no era un estudio. Tampoco existían demasiadas posibilidades para ejercer decorosamente aquello que se llama “independencia”.

Entonces 3,689 ó 122 reproducciones ya no suenen tan pocas.

Bandas de aquellos ayeres hubieran agradecido que ese –aparentemente- reducido número de personas les prestaran atención, aunque fuera por unos minutos. Y que distribuir un video no costara un peso.

Es más, una banda emergente de ayer habría lanzado campanas al viento si metiera 122 personas con boleto pagado a su concierto.

O quizá lo haría hasta una de hoy.

Porque es ahí donde aparece el espejismo de Internet.

Porque para nadie es un secreto que si 300 personas le dan clic al botón de “asistir” a un evento, es probable que sólo dos lo hagan en realidad. El gran dilema de los mercadólogos es descubrir la forma de convertir los buenos deseos virtuales en acciones del mundo real.

Que 3,689 personas se compren el disco de los Boyfrndz y no únicamente le demos un “manita arriba”.

Mis 3,646 seguidores en Twitter son menos que una migaja en Internet.

Pero si los visualizo como 3,646 personas de carne y hueso –y estoy consciente que algunos o muchos NO lo son– la cifra me corta la respiración. Con ellos me sobraría para llenar un teatro Metropólitan si es que diera un show de stand up comedy.

Pero sé que ni la décima parte iría.

Es probable que ni la mitad me conozca en realidad y sólo me diera “follow” por ve a tú a saber qué.

A lo mejor son cuentas falsas, robots o gente que nunca atiende Twitter.

Como posible es que entre los 1,57 millones de seguidores de Radiohead existan muchos que nunca hayan escuchado al grupo. 1,57 millones de personas es la población de un país pequeño. Una nación de gente adoradora de Thom Yorke.

radio

Cuando lo pienso así me quedo sin palabras.

Internet es infinito. Por eso cuando piensas en cifras cualquiera parece pequeña. Y cuando las llevas al mundo real lucen tan grandes que uno no cree que puedan ser reales.

Pero ojo: el presente me entusiasma.

Creo que éste es un buen momento para ser un “integrado”.

Un músico indie que se ponga como tope el cielo, pero sin despegar nunca los pies de la tierra. [m]