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Una columna de Martín Rangel

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I

Es viernes y estoy en un autobús que, a pesar del tiempo, se abre espacio entre el caos de una ciudad que se ahoga en su propia demencia. De-eme-te, demencia. Traigo conmigo el 50% de los ejemplares que constituyen la nueva edición de mi tercer libro. No sé por qué a la gente le gusta ese libro más que cualquier otro. Cada vez encuentro en él, gracias a la gente que se ha tomado el tiempo de leerlo y buscar comprender el carácter y la esencia de la obra, cosas que nunca pensé al momento de escribirlo, cosas —incluso— que jamás habrían podido atravesar mi mente. No sé si me explico. Traigo conmigo los suficientes elementos como para llevarte la contraria en prácticamente cualquier tema de conversación, no sé si me explico.

II

Estoy afuera de la pulquería. A la entrada me quitan mi botella con agua (necesito mi agua, por eso la traigo, puta madre). El lugar está vacío. Es hora de que comience la lectura y el lugar está vacío. Sólo me acompañan mis amigos. Mis amigos son la columna vertebral del show que preparé para esta noche. Ellos leen mis poemas mientras yo improviso música en una aplicación para iPad y proyecto imágenes raras detrás de mí. La ciudad está hecha un nudo. La ciudad tiene atorados en la garganta al 80% de mis invitados. La ciudad no puede respirar. La ciudad se está poniendo azul y ninguna fe será capaz de salvarla. Antes de terminar la lectura tomo el micrófono y agradezco a los héroes que logran respirar en un lugar herméticamente sellado al vacío.

III

emoji de algo muerto (Malos Pasos, 2015) es mi tercer libro. El primero de una trilogía a la que se añaden delirioamateur (Niño Down Editorial, próximamente) y al margen del mundo (Bala Fría/revista tn, 2016). Es el segundo libro que presento en esta ciudad. Antes fue mi Rugido leve (CECULTAH, 2015), en la feria del libro del Palacio de Minería. Cuando digo “trilogía” me refiero a cierta uniformidad presente en la manera de decir las cosas, de aproximarse al lenguaje y sus catástrofes inevitables. Al terminar la lectura me encuentro con amigos de hace tiempo, de los años en que asistía la universidad y cuando publicar un libro era para mí una meta difusa, nada contemplado en plazos inmediatos. Recordamos cosas y nos sumimos en un estado melancólico que es habitual en esta clase de encuentros. Ya no me siento tan solo, la asfixia de esta orbe se me presenta ahora como el recuerdo de un mal sueño que no es capaz de sobrevivir al bombardeo de las horas, a la confusión cotidiana. Algo-que-no-pasó. Brindamos y sigo hablando de mi trilogía, los amigos se ríen. Pero lo que digo es en serio, ya terminé con la posibilidad de existir en el lenguaje que propuso el transcurso de esas obras, de su íntima relación con mis realidades. No sé qué escribiré a continuación. Por ahora no me preocupa. Brindo.

IV

La noche avanza. Hay humo de risas químicas envolviendo la atmósfera de este departamento. La gente habla de literatura, cita autores y se regodea en un éxtasis de académicas proporciones. Hay peleas, hay gritos y hay abrazos. Miro a Samuel dormir en el sillón de la esquina. Me acerco y le hablo de mi trilogía. Todo el tiempo quiero hablar de mi trilogía, soy peor que los profesores de la fiesta, los que dan la clase sin preguntarte acaso si la deseas oír. I don`t give a fuck about your theories, get me another drink. Nadie se muere por entender que el rumbo de mi obra es un ominoso signo de interrogación plantado frente a una pantalla. Quiero hacer un libro que se parezca a un diccionario onomasiológico. En lugar de escribir las palabras, sugerirlas a partir de nubes de conceptos, de ideas afines o disímiles entre sí. Utilizar la forma para experimentar con el proceso de creación. El libro, de esta manera, sería capaz de proponer distintas estructuras según el hilo que el lector utilice para marcar su camino al interior. No sé. Quiero escribir un poema capaz de hacer llorar a tu propia abuela. Quiero acercarme al lector al mismo tiempo que deseo arrancarlo de la formula. Es una batalla invisible, y quizás irrelevante. Me acerco a Samuel para decirle cosas sobra mi trilogía. Él sólo ronca.

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