Por Arturo J. Flores

Muchos años después de aquella tarde remota, me di cuenta que los viajes en el tiempo existían. Entonces ella ya no estaba ahí conmigo. Había desaparecido. Era yo en el presente, de pie, cantando con la navaja del aire frío encajada en las rodillas y el buche de cerveza en la boca.
Veintidós años atrás. Algo así como 730 días transcurridos desde aquella tarde en que me dijo en la escuela, “cuando termines de comer, no tomes postre. Ven a mi casa y vamos por un pastel”. ¿Cómo decirle que no? De cualquier forma en mi casa nunca se acostumbró el postre. Hasta la fecha, paso de los platillos dulces.


Reflexiono, en el Foro Sol. En medio de la actuación de Noel Gallagher. Como abridor de U2 en 2017. Repienso en los 25 minutos que transcurrieron –hace muchos años– desde que abordé el pesero en la esquina de La Garita y Acoxpa hasta que me bajé en Huipulco. Entonces, mucho antes de que el teléfono celular se llevara nuestros momentos a solas, sin dinero para comprarle las pilas al discman, no tuve de otra que recargar la cabeza en la ventanilla.

La imaginé escuchando que tocaban la puerta. Ella de 15; yo, recién cumplidos los 18. Sus padres sabían que éramos novios y jamás me presentaron delante de un Ministerio Público. Entonces todos éramos más inocentes y atolondrados.
Muchos años después, ella misma, ya de veintisiete, me dijo: “cuando me conociste, yo era de hueva. No tomaba, no fumaba y no cogía”. Pero en aquel pretérito que en mi cabeza luce opacada por un filtro vintage, la verdad era que yo bebía y fumaba, pero tampoco cogía.
Mientras un Noel que ya pinta canas le susurra a un micrófono que iniciará una revolución como John Lennon, desde su cama, yo la vi otra vez, muchas lunas atrás, como la que se impone al cielo negro de la Magdalena Mixhuca, abriéndome e invitándome a pasar. La miré examinarme. Sonreír y ponerse nerviosa. Sentirse enternecida de mi extrema delgadez, de mis pantalones rotos y el cabello hecho un desastre. De los cráteres que me dejaba el acné. Y los anteojos que desde los 10 años me acompañan.
Nos vi ir de la mano a la sala. Comenzar a charlar. Olvidarnos del pastel. Besarnos con la compulsiva ansiedad de nuestra adolescencia. Recuerdo mis manos en su cintura. Indecisas ante la perspectiva de explorar por debajo de su sudadera de Green Bay. Y la tarde que se desinflaba afuera, oscureciendo la sala de su casa.
Diciéndonos que en el principio el amor, siempre es una batalla por el reconocimiento. Por aventurarse a invadir el territorio enemigo.
Vuelvo a sentir el golpe de adrenalina. Como cuando su madre bajó las escaleras y nos encontró sentados en el suelo. Ella de espaldas a mí. Resguardada en medio de mis piernas. Y me aterré, en medio de aquella escena remota, de que nos pida ponernos de pie. Porque no habría manera de ocultar la erección que me crecía sólo por abrazarla.
Pero la madre centinela sólo apareció para decirle a su hija que el fin de semana irían de visita con su abuela. Sobrevoló la estancia como un halcón para asegurarse de que mi pasión trajera correa.
Y otra vez la escuché decir a ella: “vamos a poner música, ¿has escuchado a Oasis?”.

Le respondí que no, porque de verdad no tenía idea. Entonces mi atención era exclusiva de Suicidal Tendences. Y ruidos afines. Pero ella me puso una canción que después me enteré la cantaba el hermano del vocalista. Originarios los de Manchester, Inglaterra.
Yo no sabía que uno de los versos que escuché mientras que ella y yo nos comíamos a besos decía, “por favor nunca pongas tu vida en manos de una banda de Rock and Roll”.
No me di cuenta. Porque cuando uno saborea la boca del enemigo, cesa de poner atención a los sonidos del mundo.
En el presente, en el Foro Sol, viendo a ese mismo inglés huraño cantar, me divierte la paradoja profética de las palabras que se atrevió a colocar en esta misma canción cuando era joven.
Aún no se acaba “la rola”. Ni tampoco el crepitar que siento, como cada vez que la iba a visitar a su casa. Éramos chicos, hormigas que se hacían las sordas a las necedades de la edad adulta. A las tentaciones del matrimonio, el divorcio y el trabajo. Entonces la vida se trataba de un beso más. De su cuello que olía a canela.
La canción se llama “Don’t look back in anger”, me dijo 22 años atrás.
Y en el presente, pienso en los Gallagher, que recién lanzaron material nuevo, como solistas. Liam estrenó el 6 de octubre pasado un disco titulado “As you were”. 15 canciones de las cuales ya se conocían algunas como “Wall of glass”, “Chinatown” o “Greedy soul”. Lo resumiré en tres palabras: aquella tarde remota.

Noel, por su lado, liberó ayer el primer sencillo de lo que será su próximo disco. Lleva por título “Holy Mountain” y para explicarlo, habría que decir que fue como: “el beso pretérito que se sirve de postre”.

Maravilloso lo que hace cada hermano por separado. Pero de vuelta al presente, sobrio de estos involuntarios viajes en el tiempo, mientras Noel continúa tocando en el Foro Sol la misma canción que hace 22 años escuché mientras la abrazada, a ella, “Don’t look back in anger”, me cuestiono:
“¿Será que alguna vez Liam y Noel pongan en práctica lo que escribieron, lo que grabaron en un disco, y miren sin rencores hacia atrás?”.
Los viajes en el tiempo existen.
Por eso, cuando me envían canciones nuevas para escucharlas, siempre tengo miedo pero al final sí presiono “Play”.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here