POR ARTURO J. FLORES

Son quienes levantan el brazo en alto. Como si fueran orgullosos guerreros. Lo que en realidad dan es pena. Generan incomodidad donde quiera que aparecen. Molestan más que las moscas y las almorranas. Son expertos invocadores de nuestros instintos asesinos. Dan ganas de soltarles un golpe o pedirle al dios Thor que los fulmine con un relámpago.

No existe concierto en el que no se aparezcan. Como autómatas descerebrados se acomodan. No sé cómo lo hacen. Siempre delante de uno. Estorban. Obstruyen la visión. Algunos hasta se dan el lujo de hablar. Mientras hacen sus gracias. De sostener charlas estúpidas a volúmenes oprobiosos. Son la escoria insulsa. La basura. Mierda.

Los grabadores

No se trata tampoco de escribir con el hígado en la mano. Desde la intolerancia. Una, dos, tres fotos, se comprende. Un Snap o acaso los segundos que dura una Instagram Story, pasa.

Pero carajo, que hay quienes transmiten entero el concierto en Facebook Live. Los que dejan levantado tanto tiempo el brazo que se les interrumpe la circulación de la sangre. Lo bajan medio muerto. Listo para ser amputado aunque con 120 minutos de estática, ruido, imágenes fuera de foco y un sonido atroz atesorados en su celular.

Peor, hay quienes ni siquiera ponen atención.

Me tocó una época privilegiada para ir a conciertos. Cuando los grabadores éramos los que confiábamos en nuestra memoria. En la capacidad natural de almacenar recuerdos en la cabeza. A sabiendas de que lo que vuelve a la música eterna es, paradójicamente, su volatilidad. Al segundo siguiente que escuchas una nota ésta se esfuma. Y eso lo que la vuelve inmortal. Inolvidable.

Los grabadores quieren que ella se quede aquí. Atada al presente. Pero cuando la reproducen en sus teléfonos, la música se escucha asfixiada, minimizada, procreada in vitro. Podrida, se podría decir. Sin esa explosiva vibración sexual que nos sacude a la mitad del concierto. Porque existe una razón para llamar a la música que nace en el escenario “en vivo”. No hay manera de que la vida quepa en la memoria de un gadget.

Eso es lo que llevan los grabadores en sus teléfonos inteligentes. La estupidez de hacer a la música esclava y prisionera. Ellos no documentan. Apilan cadáveres de melodías agusanadas. Sus teléfonos como morgues de sonido.

Los grabadores son coleccionistas a quienes les importa poco interrumpir la experiencia placentera del vecino. Que frustran la contemplación de una imagen hermosa: la del músico obrando un milagro, con tal de ilusamente intentar capturar a las mariposas sonoras en su rectangulito plastificado con conexión a la red.

No conozco a un músico al que le complacería saber que sus canciones viven prisioneras. Humilladas por la imbecilidad.

Los grabadores no disfrutan de ellas, sólo quieren tenerlas. Son herederas de la cultura de la posesión. “No importa que se escuche del asco, porque esta música es mía”. Me pertenece.

Hay quienes han aprendido a vivir con ello.

Otros no, como Björk, que conmina a sus fans a no utilizar el teléfono móvil durante sus conciertos. A Perfect Circle tomó la determinación extrema de correr a los grabadores de su gira norteamericana. Cazan a los zombies de la tecnología desterrándolos del reino de la música en vivo. Arrancándoles la posibilidad de molestar a quienes disfrutan de la experiencia con los ojos y los oídos. La tecnología más antigua que posee la humanidad.

Este fin de semana será el Corona Capital.

Entiendo que la tentación es enorme. Pero sólo para variar no seas un grabador.

Si levantas los brazos, que sea para aplaudir.

Mejor permite que la música vuele por encima de tu cabeza y desaparezca para siempre. Te garantizo que eso hará que la recuerdes.

Y la persona a tu lado, atrás de ti, te lo agradecerá.

Foto: Odyssey

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