#EnMisTiempos por Arturo J. Flores

Escribió Ortega y Gasset:

“El enamoramiento es un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza.”.

Pero nos seguimos enamorando.

Pronunció Bart Simpson en un capítulo célebre en que se visualiza como estrella de rock venida a menos:

“Voy a tocarles mi último éxito. Se llama: Mis tontos fanáticos”.

Y la multitud lo aclama.

El amor por la música y los músicos no está exento de cierto grado de imbecilidad. Entendida como la define la RAE, “que es poco inteligente o se comporta con poca inteligencia”. Así nos conducimos los que perdimos la cabeza por culpa de la música. Porque esa pasión exige una razón nublada por la admiración. La música es científica, una droga que nos genera placer. Por eso, una vez que le agarramos el gusto queremos más y más música. No tenemos llenadera, decía mi abuela.

Y a medida que escuchamos más música, nos invade un creciente sentimiento de angustia. Porque nos percatamos que queda aún más música por escuchar.

Veámoslo por un momento desde afuera.

¿Tiene sentido comprar boletos para un Festival con un año de antelación? ¿Aún sin conocer ni siquiera el cartel? ¿Es cuestión de vida o muerte ser el primero en escuchar un disco? ¿Aguardar durante horas en una fila sólo para obtener una firma en un booklet? ¿El autógrafo de un ser humano común y corriente al que elevamos a la calidad de dios?¿Por qué experimentamos esa incontrolable necesidad de comprar la versión extendida, el lado B, la caja conmemorativa, la misma gata pero revolcada, remasterizada, remezclada y digitalizada, pero la misma gata al fin y al cabo? ¿Y todo eso a costa de comer, beber o dormir bajo techo? ¿De verdad es un asunto de vida o muerte?

Algo nos hace pensar que sí.

¿Cómo es quien alguien se tatúa para siempre el logo de un grupo en la piel? ¿Harían los músicos lo mismo por sus fans? ¿Por qué un matrimonio accede a bautizar a su primogénitx con el nombre de su artista predilecto, aunque las posibilidades de conocerlo en persona son mucho más remotas que las de encontrar la piedra filosofal que a Harry Potter le hizo pasar las de Caín?

Ojo, que no escribo desde ningún tipo de superioridad moral o estatura intelectual. Me confieso orgullosamente imbécil. Uno que atesora su disco firmado por The Cure. El que se emocionó hasta la médula cuando entrevistó a Iggy Pop. El que lloró cuando Roger Waters tocó “Mother”. El que pagó 3mil pesos por ver a Pearl Jam, aunque durante meses se alimentó exclusivamente de latas de atún. El que caminó kilómetros en una helada noche madrileña para tomarse una cerveza en el bar al que Nacha Pop le escribió “La chica de ayer”. El que ha derramado alguna lagrimita en silencio, cuando se muere algún instrumentista al que no pudo apreciar en vivo.

El que ha invertido dos tercios de vida escuchando música. Leyendo biografías de músicos. Inventariando playlists. Traduciendo letras. Escribiendo sobre ella. Tengo la cabeza llena de datos inútiles sobre música. Cifras, numeralias, onomásticos. El que grita “yeeeeah” cuando algún vocalista pregunta: “I can’t hear you, Mexico City”.
Soy lo que Bart definiría como un tonto fanático.

He llegado tarde a una cita por culpa de este sentimiento que me impide dejar una canción a la mitad. “Ahorita que acabe, me voy”. Soy el ñoño que para describir una imagen, entrecomillo la letra de una canción. Como dicen los Red Hot Chili Peppers, “me gusta el placer lleno de dolor, y la música es mi aeroplano”.

Me he devanado los sesos en el intento de responder al asqueroso lugar común: ¿qué discos te llevarías a una isla desierta?

He dejado el hígado en el teclado de la computadora en el intento por adquirir un boleto cuando los sitios de localidades colapsan.

Incluso me he peleado por culpa de la música. Porque me confieso, como muchos de mis amigos, un bobalicón insoportable que cree tener siempre la razón.

He caído en discusiones bizantinas: Beatles vs Rolling. Blur vs Oasis. DJ’s vs instrumentistas. Spotify vs Deezer. El mundo vs el reggaetón.

Sostiene también la RAE que fan es el acortamiento agringado de fanático, que a su vez significa: “Que defiende una creencia o una opinión con pasión exagerada y sin respetar las creencias y opiniones de los demás.”

Pero si volviera a nacer… seguramente volvería a ser igual de imbécil. Un tonto fanático.

El que esté libre de pecado, que ponga la primera canción.

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