Por Arturo J. Flores  

Yo no sé nada sobre la inspiración,

porque no sé lo que es eso.

La he oído mencionar,

pero nunca la he visto.

William Faulkner.

Lo digo porque existe un abismo muy grande entre lo que hacemos y lo que predicamos. En materia de música, por lo menos, nos hace falta garaje.

El fin de semana pasado concluyó el diplomado de Periodismo Musical que Discoteca Formación me encomendó coordinar. Durante cuatro meses los asistentes y yo tuvimos los domingos ocupados. A lo largo de ese tiempo compartimos charlas interminables, cinco horas por día, acerca de la música y sus avatares. Junto a invitados que abrieron mucho más nuestro panorama de reflexión. Discutimos temas variados. Géneros como la electrónico, el hip hop o el rock. Nos acercamos a publirrelacionistas, productores, Dj’s, músicos, bookers, fotógrafos, críticos, periodistas, curadores de Spotify y otros expertos en el mundo digital.

Vieja y nueva escuela bajo un mismo techo.

Todo con tal de apreciar la música en su espectro más amplio.

Una de las frases que más repitieron los ponentes y con la que no puedo estar más de acuerdo es: “sal de tu zona de confort”.

Entendida ésta como tus gustos musicales. El verdadero melómano no debería auto exiliarse-marginarse en sí mismo. Habría que escuchar un poco de todo. Mucho más si te quieres dedicar a la producción de contenidos relacionados con la música. Porque si desayunas, comes, cenas y abrevas de un solo tipo de música, esto se notará en tu cultura.

No es lo mismo especializarse que estarse perdiendo de lo que pasa en el mundo.

Mucho peor en este momento histórico en que sólo hace falta un clic para acercarse a la música.

El último día de clases les llevé a los chicos (es un decir, porque hubo alumnos que me superaban en años) un bonche de discos de regalo. Me sorprendió gratamente que se abalanzaran sobre ellos. Porque yo mismo he dejado de escuchar –lo reconozco– discos de los que se pueden tocar con los dedos. Ahora mismo, mientras redacto, escucho un tema en Spotify.

“Frankie Sinatra” – The Avalanches.

Una chulada.

Pero decía que cuando abrí, cual Santa Claus moderno, mi mochila para esparcir los CD’s sobre la mesa, los adscritos al Diplomado echaron mano de aquellos con la voracidad con la que una víctima de resaca se zamparía un consomé de barbacoa.

Todos, excepto aquellos pertenecientes a un grupo o músico desconocido.

Aquel que a nadie le “sonaba” en el sentido coloquial con el que nos referimos a la popularidad, se quedó ahí solito. Ni siquiera porque se trataba de un regalo.

Tristemente la fama sigue mandando sobre nuestro apetito por escuchar. La temida zona de confort.

Esa es la razón por la los festivales arrancan vacíos y se van llenando a medida que nos resultan más familiares quienes se paran sobre el escenario.

El motivo por el que los bares prefieren echar mano de un grupo, DJ o ensamble que tenga más de 1,000 seguidores en la peor de sus redes sociales.

O el impulso que lleva a los cibernautas a darle clic a un contenido en donde se hable de U2 en vez de Faulkner.

¿Ya les conté que descubrí a esta agrupación californiana por pura chiripa?

Aunque me los encontré en Spotify, fue la portada de su disco lo que me animó a escucharlo. Soy tan asquerosamente oldschool que un álbum –incluso digital –me sigue llamando por su cubierta. Y si encima ponen una mujer hermosa, peor.

Caigo redondito.

Pero más allá de eso. Llegué por una fotografía pero me quedé por el sonido.

Producido por RZA (del Wu-Tang Clang), JP Bowersock y Mark Needham en casa de Rick Rubin, el EP “Revanchist”, publicado el año pasado, consta de 6 bellísimas canciones con ingredientes bastantes para recetártelas de un tirón. Una voz rudísima, una lírica inteligente (no le vas a poner a tu grupo el nombre de uno de los escritores norteamericanos más gloriosos del mundo si no eres lector), un piano enigmático y melódico, además de una canción que hace referencia a una frase de “El Padrino”.

Rolota además en la que colabora RZA, “Ny Anthem”. Dan ganas de viajar a la Gran Manzana nomás para entonarla bien borracho, a varios grados bajo cero y con una anforita, en Central Park.

El mundo es un garaje. Enorme. En el que este momento cientos, miles, millones, trillones de propuestas independientes rockeras, electrosas, indie-hólicas, traperas, hip hopeantes, reggaeseras, dancísticas y jazz-metal-blues-reggaetoneras se encuentran gestándose.

Pero si seguimos escogiendo los discos que nos gustan (aún cuando sean gratis), llegando tarde a los festivales o de plano evitando asistir a los bares (bueno, hasta cuando nos ofrecen anotarnos en la ansiada Lista), todas se quedarán ahí haciendo música que nadie escuchará.

“¿Si un artista de sótano sube una canción al bosque pero no hay nadie para descargarla, esa canción existe?”.

Antiguo proverbio Indie.

Si eres melómano y no escuchas lo que pasa a tu alrededor, te hace falta garaje.

Muchachos, les dije a mis egresados, ya están listos para contar esas historias que harán a la gente voltear hacia lo que ustedes quieren recomendar.

Pero primero atrévanse a escucharlo, carajo.

No duele.

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