Por Arturo J. Flores

El nuevo disco de The War on Drugs incluye una canción titulada “Nothing to find”. En un fragmento de la letra, Adam Granofsky canta: “¿Hace frío esta noche, mi amor? Susurro a través de la pantalla. Y no existe nada que pueda decir o hacer al respecto”.

Soy un consumidor de porno. Legal y consensuado, pero pornografía al fin. Vi mi primera película cuando tenía 12 años y formé parte de un Cartel estudiantil que surtía las exigencias eróticas de mis condiscípulos en la secundaria. En un acto de infinita justicia, desde hace 9 años la vida me colocó al frente de Playboy.

La tecnología, sin embargo, redimensionó mi concepto de porno. Me gusta la definición que ofrece el director de cine Luis Berlanga –citado por el periodista David Barba en la introducción del libro “Nacho Vidal: confesiones de una estrella del porno” – para diferenciar entre erotismo y pornografía: “El erotismo es la pornografía vestida de Christian Dior”. O sea: lo mismo, pero más pretencioso.

Las redes sociales socializaron –valga la redundancia– la pornografía. No es que todos tengamos acceso a ella, porque eso ya sucedía, sino que todos somos susceptibles de volvernos pornografía. Somos seres de ADN pornográfico.

Y no hablo únicamente de los nudes, del sexting o el match de Tinder. Si no de la herramienta más poderosa de la que disponemos los seres humanos para erotizarnos: la imaginación.

Porque una fotografía de Instagram puede resultar enormemente pornográfica. Dependiendo de lo que a cada uno le ponga, dijeran los Kings of Leon, el sexo en llamas. Porque a veces lo verdaderamente pornográfico es lo que uno piensa que puede pasar antes o a consecuencia de tomarse una selfie.

Tengo una amiga que es webcamer profesional. Es decir, que produce contenidos eróticos desde una plataforma que permite mirarla en el celular. Desde ahí, Lilith Dagon, que es su nombre artístico, realiza performances BDSM, se masturba, hace squirt, se desnuda mientras baila, sencillamente chatea y hasta juega Xbox con sus seguidores. Una especie de porno sobre pedido, personalizado y acorde a la actualidad. El capítulo que le faltó a “Black Mirror”.

Hubo un tiempo que fue Alexis Texas (para mayores referencias, la autora de los gemidos que nos llegan por Whatsapp) y Liliane Tiger, en otro momento Sasha Grey, más adelante Katsuni y la elástica Hillary Scott. Desde hace unos meses, la mexicana Janeth Rubio. Todas ellas han sido mis pornstars favoritas en algún momento.

Pero la canción de The War on Drugs me recordó a la más pornográfica de las imágenes que hubiera visto. Hace tiempo no pensaba en ella. Un autorretrato que –me dijo la modelo– en realidad pretendía ser el reflejo de una crisis emocional mucho más que la muda invitación a saciar cualquier lúbrico instinto.

Fue tanta la sexualidad que desbordaba esa imagen, que paradójicamente no mostraba nada, que con el aliento interrumpido escribí unas líneas que algún día integrarán una historia tan pornográfica, como la imagen que la inspiró: “De la línea negra que dibuja la tanga en tu cintura. Ese navajazo de tela que te cortó en dos la piel. La raya que tiene el descaro de habitar donde sólo debería hacerlo mi lengua. Si yo fuera esa tanga, te abriría una herida por la que se te desangraría hasta la última gota la noche que llevas dentro”.

Ignoro si mi pornstar favorita borraría o no su fotografía. Me falta temple para buscarla. Podría transformarme cometa y estrellarme en la mitad de su galaxia.

Pero admito que la recordé cuando escuché lo nuevo de The War on Drugs. Y aunque ya no fumo hace muchos años, volví a pensar en su sensualidad de serpiente cuando exhalaba sus humos. Me sorprendí cantando:

“Is it cold tonight my love?

I whisper through the screen

And there is nothing I can say or do in between”.

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