Por Arturo J. Flores

Lo prefiero por encima de todas las cosas. Comencé así y se me hizo hábito. La primera vez que vino Marilyn Manson en 1997. Me rompí la espalda trabajando en un Seven-Eleven. Acomodando bolsas con frituras. Encerrado en un infame cuarto frío. Tiritando mientras apilaba refrescos uno encima del otro. Vestido con un ridículo chaleco color chícharo. Todo para reunir el dinero.

J.C. me dijo que iría conmigo. Le decíamos el Punketo. Un vecino y compañero de correrías. Si las caguamas hablaran, podrían recordarnos lo que en aquellos años adolescentes hicimos. Una vez fue a esperarme a la salida de la prepa. Porque el novio de una musa a la que osé imaginar desnuda (y se lo dije en forma de un mal poema) me amenazó con hacerme una endodoncia sin anestesia. El Punketo llevaba una cadena en la mochila para romperle la crisma. Pero el ofendido nunca apareció.

Faltaba más de una década para que pudiéramos comprar boletos por Internet. Así que nos fuimos a formar al Mix-Up de Galerías Coapa. En el momento decisivo el Punketo se echó para atrás. Se guardó sus billetes y empezó a reír. “Es que tengo otros gastos”, dijo. El empleado de Ticketmaster me fulminó con la mirada. No iba a tolerar que yo tampoco saltara en paracaídas.

Con todo y que el concierto fue un fiasco aquella experiencia me sacudió.

Tal como dice R.E.M. en un verso, “Todo empezó con un terremoto…”.

Fue la vez que Twiggy Ramírez –hoy acusado de abuso sexual y expulsado de la banda– se lastimó una mano y el grupo apenas estuvo poco más de una hora sobre el entarimado. Pero valió la pena haberme partido el lomo siendo esclavo del Seven-Eleven.

Un par de años después ya era reportero de un periódico. Cubría conciertos con regularidad. De todo: desde rock, música pop, antiguos baladistas y prometedores artistas payoleados de los que hoy, en la costumbre Quijotesca que nos distingue, nadie quiere acordarse.

Pero siempre solo.

Sobre todo los festivales.

Porque soy egoísta como un tiburón. No me gusta hacer concesiones. Amo llegar cuando me da la gana y retirarme sin negociar con nadie. Saltar igual que una abeja de escenario en escenario. Aburrirme de los actos desangelados y no estar atado para huir.

Pasar de conversaciones a media canción. Ignorar comentarios que –porque definitivamente es así– tendrían que hacerse después.

Me gusta ir a conciertos solo. Tal vez porque desde que arranca en mi cabeza empiezo a escribir. Y me gusta escribir a solas. Lo dijo Bradbury, hasta la muerte es un asunto solitario.

 

Este sábado toca Radio Moscow. Una banda a la que por un suerte de maldición personal no he conseguido ver en vivo. Pero cuya música, en secreto, deseo. Así como en otros tiempos deseé acariciar los omóplatos de una tatuada tentación morena.

Así como en ocasiones se desea presionar un botón para que la tierra se abra. Que se trague de un bocado a los que hablan en medio de los conciertos.

A los Radio Moscow los acompañan un par de actos de los que ya me estoy poniendo al corriente. Alpine Fuzz Society, Earthless y Motor, esta última la banda del exlíder de Guillotina y notable geógrafo, Manuel Suárez. Un coctel corrosivo que nos empujaremos, si todo sale como dicen en “El cadáver de la novia”, de acuerdo con el plan, este sábado en la Sala Corona.

Iré solo.

Veinte años después tengo tanto que agradecerle al Punketo.

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