Por Toño Quintanar

 

2000: Richmond, Virginia. Poco después del estreno de Fight Club.

El puñetazo da de lleno en el pómulo derecho del sujeto, igual que un martillo fabricado con nudillos ríspidos y carne tensa. Un ruido sordo nace del impacto. El tipo cae rotundamente al suelo; pesado y masivo, cual elefante alcanzado por una bala expansiva.

Alex contempla la escena y un bochorno insondable crece desde lo más hondo de sus entrañas: el clamor de la lucha, esa clandestina pasión que lo ha arrastrado, por quinta noche consecutiva, a aquel almacén que sirve de improvisada casa de furia.

Al principio, desconfió de los rumores, de las aseveraciones que corrían de boca en boca; primero, a través de conocidos de dudosa reputación; después, entre amigos de seriedad incuestionable. Poco tiempo pasó antes de que tuviera que verificarlo con sus propios ojos.

Y ahora está aquí; en un auténtico club de la pelea. Es como si la ficción se hubiera escapado de su prisión de fantasía. La nigromancia de la cinematografía trasladada al mundo real.

Sin embargo, aquí no ves a tipos como Brad Pitt o Edward Norton. Todos los asistentes ostentan rostros absolutamente cotidianos, verosímiles. Padres de familia, trabajadores, maestros; alguno que otro muchachillo quien todavía debe de estar cursando la preparatoria. Individuos de distintas ocupaciones y edades, reunidos por una sola misión: avivar la flama de aquellos instintos que, durante años, el estado y sus esbirros han tratado de arrebatarles.

Sería formidable que Tyler Durden apareciera súbitamente; que su espíritu escapara de los confines del celuloide para guiarlos, con sabiduría quirúrgica, en su lucha contra este mundo administrado por fascistas descarados: terroristas de cuello blanco que validan una sociedad diseñada expresamente para transformar a los seres humanos en obedientes y serviles máquinas.

No importa. No hace falta que alguien vuelva explícita la ideología que gira alrededor de su club de la pelea. El simple hecho de que un montón de entes, aparentemente “comunes”, participen en algo como esto, es una especie de afrenta a la normalidad; un acto anárquico que no tiene objetivo alguno más que el de dejar en claro que existe una segunda existencia transcurriendo, de forma clandestina, bajo la dermis de la sociedad alienada.

Alex recuerda su iniciación. El club está regido estrictamente por las reglas que Chuck Palahniuk plasmó en esa legendaria novela suya que ahora se antoja como alguna clase de biblia apócrifa. “Es tu primera noche: debes pelear”. Así de sencillo.

La influencia psicosomática de la memoria hace que la carne de Alex vuelva a arderle; sus puños se inflaman como un par de bolas de acero. Perdió aquella primera pelea, pero no le importó. Lo verdaderamente relevante es cómo se sintió después; en la calle, en el trabajo. Se sabía perturbadoramente superior: un jaguar rodeado de gatitos domésticos.

Eso es lo que te proporciona el club de la pelea: una noción secreta de ti mismo; de tus alcances, de tus capacidades biológicas y mentales.

El cuerpo de Alex se estremece en una convulsión de violencia. El asfixiante calor lo obliga a desnudare el torso mientras se une a la amalgama de cuerpos que grita y vitorea, en círculo, alrededor de una nueva pelea.

Nota: poco después del estreno de Fight Club, la policía norteamericana reportó el surgimiento de distintos circuitos clandestinos de pelea a lo largo y ancho de los Estados Unidos. La mayoría de estos clubs fueron clausurados.