TXT: Toño Quintanar

No es ningún secreto que, durante la segunda mitad del Siglo XX, la historia de Lationamérica se vio retorcida cruentamente por una serie de gobiernos de carácter dictatorial para los cuales, la censura, era una obligación cotidiana.

Por supuesto, este panorama vio en el arte a una de sus principales víctimas; situación que desembocó en la prohibición de una importante cantidad de obras las cuales, de alguna u otra manera, ostentaban cierto halo transgresor.

Entre este cúmulo de piezas, nos encontramos con una producción filmográfica la cual es considerada por muchos como la obra de horror más emblemática de Brasil. Nos referimos, obviamente, a la fenomenal A Media Noche Tomaré tu Alma (1964).

Ostentando un estilo que recuerda al cine siniestro más clásico, esta cinta narra las peripecias de Zé do Cáixao (Coffin Joe, en su adaptación al idioma inglés), un nihilista y tétrico individuo quien subsiste en un pueblito brasileiro ubicado en un manglar.

Ostentando una serie de rasgos codificadores que lo emparentan directamente con los antihéroes más notables de la tradición romántica (especialmente con aquellos protagonistas de estirpe contestataria presentados en obras como El Estudiante de Salamanca); este personaje se destaca como un sádico ente quien, de forma paulatina, habrá de embarcarse en una carrera de cruentos crímenes con tal de satisfacer sus necesidades más vitales.

Uno de los aspectos más prominentes de este personaje –y que muy probablemente le valió al filme su veto casi definitivo de cualquier sala de cine de su época- es su abierto desprecio por los cánones religiosos; característica que se torna un fulgor desafiante en medio de un contexto dominado por las tradiciones y la superstición.

Sin embargo, igual que le ocurre al Don Félix de Montemar creado por José Espronceda, nuestro protagonista pronto habrá de enfrentarse con los esbirros que él mismo ha cultivado; situación que adquiere matices horripilantes gracias a un terror sobrenatural verdaderamente deslumbrante.

El blanco y negro se torna el mood cromático perfecto mediante el cual los ambientes góticos caribeños adquieren una plasticidad informe que invita al espectador a echar a volar su imaginación en las más retorcida y fantástica de sus formas.

Difícilmente existirá otra cinta de horror cuyo valor político, ideológico e histórico persista de forma tan evidente e innegable como en ésta; misma situación que hace de José Mojica Marins (director, protagonista y productor de la obra) una figura heroica dentro de las huestes del Séptimo Arte de matiz macabro.[m]