Por: Toño Quintanar

Masters of Horror fue una serie la cual, a pesar de su corta duración (apenas dos temporadas), supo reivindicar la presencia del horror más contestatario e inventivo dentro de la TV.

Este proyecto contó con la participación de grandes figuras del arte mórbido actual como son Dario Argento, Tobe Hooper, John Carpenter, Lucky McKee y Joe Dante. Sin embargo, no cabe duda de que el capítulo más perturbador y memorable fue aquel que estuvo dirigido por el genial Takashi Miike.

Imprint (2006) fue una obra audiovisual la cual, incluso para los altísimos estándares transgresores que se manejaban en el show, resultó excesivamente explícita.

Durante sus 60 minutos de duración, esta historia narra las desventuras de un reportero oriundo de Norteamérica (Christopher) quien, durante la era victoriana, viaja a Japón con el fin de reencontrarse con la joven prostituta de la que está enamorado (Komomo).

Tras no dar con el paradero de su amada, nuestro protagonista se ve forzado a pasar la noche en una dantesca isla la cual funge como gigantesco burdel. Mismo escenario que es representado a través de una serie de atmósferas las cuales, por su deprimente y siniestra aura, siembran en el espectador un dejo de temprana inquietud.

Es en este espacio en el que Christopher conocerá a una chica desfigurada la cual le servirá de confidente a lo largo de una noche plagada de anécdotas tortuosas y revelaciones cruentas.

Situación que, paulatinamente, permitirá a nuestro protagonista enterarse del atroz destino que sufrió Komomo.

El horror desmesurado y agobiante al que Takashi Miike nos tiene acostumbrados alcanza matices cuasi góticos gracias a una narración costumbrista la cual saca a relucir lo más atroz de la condición humana.

Lejos de presentarnos una serie de esbirros de carácter exclusivamente sobrenatural, el autor de Visitor Q nos ofrece una serie de elementos que dejan al descubierto aristas plenamente documentadas de nuestra crueldad antropológica.

Misma postura estética que se ve rematada mediante una elegancia visual la cual hace de lo abominable un objeto plenamente artístico; susceptible a sesudos análisis estilísticos y conceptuales.

Definitivamente, una obra que ningún amante de lo nauseabundo debería de perderse.[m]