TXT: Toño Quintanar

El cine de terror y horror producido en España durante las últimas décadas tienen una fuerte relación con los procesos dictatoriales que, durante años, hicieron de esta nación un amplio cultivo de injusticias antropológicas.

El franquismo fue un fenómeno que se arraigó de manera profunda en los procesos psicoemocionales del pueblo español. Situación que permitió a dicha doctrina sobrevivir un sorprendente lapso de tiempo que se extendió de manera mucho más prolongada que la de otras corrientes como son el fascismo o el nazismo.

Este fenómeno provocó una herida histórica en la sociedad ibérica, un trauma existencial que, hasta el día de hoy, continúa siendo analizado por un amplio grupo de artistas quienes ven en la historia dictatorial de su país un proceso aún más monstruoso que el de cualquier tipo de narración de carácter fantástico.

Muy probablemente, una de las metáforas fílmicas más impresionantes con respecto a este asunto es Tras el Cristal (1987), de Agustí Villaronga.

Esta cinta narra la sombría historia de Klaus (Günter Meisner), un antiguo científico nazi quien, tras probar las posibilidades del poder autoritario, inicia una fructífera carrera como pederasta y asesino de niños.

Después de sufrir una aguda crisis durante su último homicidio, este fatídico personaje tratará (sin éxito) de suicidarse; quedando confinado para el resto de su vida a un pulmón de acero. Un evento que sumirá a su esposa (una magistral Marisa Paredes) e hija (Gisela Echevarría) en un áspero enclaustramiento.

Es entonces que aparece un enigmático e inquietante muchachillo (Ángelo) quien se ofrecerá para ser el enfermero del otrora asesino.

De esta manera, se da por inaugurado un teatro de los horrores en el que las pulsiones homicidas habrán de erigirse como el principal motor narrativo.

Valiéndose de una inquietante aura que, por momentos, nos obliga a pensar en las obras del Marqués de Sade, Villaronga nos ofrece una historia plagada de tabús la cual es capaz de incomodar hasta al espectador más cínico.

Mismo prodigio que se torna una representación retórica acerca de los procesos antihumanos y vejadores que caracterizaron a las dictaduras surgidas durante la primera mitad del Siglo XX.

Situación a la que se suma una estética verdaderamente sublime, donde lo esplendoroso se torna una punzada de dolor en la que destacan simbolismos marcadamente ominosos como son la dominación sexual, la indefensión biológica y la necesidad de herir a aquellos entes quienes destacan por su casi chocante pureza.

Definitivamente, una cinta cuyo nivel transgresor se desenvuelve, tanto en el plano de la acción objetiva (algunas de sus secuencias son una verdadera tortura emocional debido a su carácter estrujante), como en el universo propio de la interpretación subtextual.[m]

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