Por: Toño Quintanar

Vic mira a su hermano a través del cristal de sus lentes obscuros mientras éste termina de amordazar al director de cine. El menudo sujeto yace atado a una silla de madera, con trapos cochambrosos anudados a sus ojos y boca.

La escena llena la cabeza de Vic con recuerdos incómodamente entrañables, tibios. Rememora aquella ocasión en la que torturó a un policía, segundos antes de que una ráfaga de balas lo introdujera en un bucle blanco y frío. Y, sin embargo, no fue capaz de morir, de entregarse al descanso final. Bien dicen por ahí que los personajes de ficción están hechos de una materia indestructible e ilusoria. Jamás se le ocurrió pensar que dicha verdad guardaría una esencia tan trágica, tan de vampiros quienes no soportan su siniestra inmortalidad.

“Ya puedes comenzar”, dice Vincent a la vez que se lleva a la boca un cigarrillo marca Red Apple.

Vic repara en lo que está a punto de hacer. Cientos de atrocidades cometidas en el pasado ahora se le antojan minúsculas, disminuidas ante el panorama parricida que se abre a sus ojos. Desde que tiene memoria, el instinto asesino siempre ha formado parte de él; una naturaleza arraigada, disponible para él en sus momentos más apremiantes. Pero ahora, es como si todas esas ganas de aniquilar se le hubieran esfumado de tajo.

Le gustaría pensar que se siente indefenso como un niño; pero la verdad es que esto sería mentir. Él no sabe lo que es ser un niño. La primera vez que trato de rememorar su infancia, casi rompió en llanto al descubrir que no podía hacerlo. Desde que tiene memoria, él siempre ha sido un adulto.

“Hay que aguantarla. Mejor prepárate unas jeringas. Se me antoja algo de esa mierda que te vendió Lance la otra vez”.

Vincent entorna los ojillos con hastío, sacudiendo una mancha de polvo que tizna su saco de forma casi imperceptible. “Sólo queda una dosis y la estoy guardando para mí”, dice finalmente.

Los hermanos Vega son capaces de comunicarse entre sí de forma telepática, sin que ninguno de los dos tenga que mover los labios. Otra facultad inédita, propia de las criaturas de ficción quienes ya han sufrido su primera muerte.

La sola concreción de esta habilidad, absolutamente antinatural, les hace sentirse tremendamente desdichados, como monstruos anómalos y enfermizos; un par de mórbidos muertos vivientes quienes espían a medias un mundo al que jamás podrán reintegrarse.

Es esta amarga impotencia la que sirve de combustible para su necesidad de venganza. Vincent mira al director de cine mientras éste tirita aterrado, amarrado a la sillita de madera. El matón acaricia por un momento la idea de sacar la glock que tiene en el bolsillo y acabar con todo el asunto de una vez. En lugar de eso, opta por desquitarse con su hermano:

“Nunca debiste de haber aceptado trabajar en aquel golpe a la joyería, pinche Mr. Blonde de cagada”.

“¡Y tú nunca debiste de haber salido con Mia Wallace, pendejo!”, responde el otro, verdaderamente furibundo.

“No fue por eso que me mataron, idiota”.

“Claro que fue por eso. Tu triste desenlace fue producto de una serie de malas decisiones que te condujeron hacia tu destrucción; una cadena de eventos premeditados que comenzaron cuando sacaste a pasear a la esposa de Marsellus. Y ni siquiera te la cogiste, pinche fracasado”.

Vincent pone una cara meditabunda, dibujada conmovedoramente a través de esas facciones de John Travolta que su creador le concedió de forma benévola. Su hermano se siente súbitamente conciliador; no importa que aquel imbécil de cola de caballo sea un verdadero retrasado. Es su compinche, su camarada, su único compañero en esa existencia de chupasangres que ahora comparten como un hábito de adictos.

“No nos echemos mierda; mejor hay que desquitarnos con el hijo de puta que nos hizo esto”, dice Vic, ya más dueño de sí mismo, mientras señala al bulto que yace amarrado a un metro de ellos.

Ambos se acercan al tembloroso hombrecillo quien no cabe en su espanto, en su insondable agonía de terror. Vic saca una navaja para afeitar de su saco y corta la venda que, hasta ese momento, cubría los ojos de la víctima. Se imagina que podría comenzar arrancándole un globo ocular, una de esas canicas saltonas que ahora lo miran enloquecidas, temblorosas.

“Buenas noches, Señor Tarantino”, comienza Vincent Vega; “¿sabe cómo le dicen al cuarto de libra con queso en Francia?”[m]