Por Arturo J. Flores

 

Tal vez sea yo un cursi de lo peor, pero creo que algo mágico hay en la forma como conoces a un artista. Resulta imposible acordarse de la historia detrás de cada uno de los grupos y solistas que escuchamos, pero hay algunas que llegan para nunca olvidarse.

Así me pasó a mediados del año pasado, cuando una bella desconocida –cuyo nombre nunca supe –me presentó a Los Negativos.

Me invitaron, junto a los colegas escritores de libros Juanito Podrido (autor de Ya puedes olvidarlo), Rogelio Flores (autor de Rocanrol suicida), Manuel Noctis (autor de De grande quiero ser periodista y editor de la revista Clarimonda) y Judith Guzmán, bloguera y podcastera afincada hoy en día en Canadá, a presentar nuestras criaturas literarias en una feria del libro al aire libre en León.

Karla, nuestra amable anfitriona en la ciudad guanajuatense, nos recibió para de inmediato trasladarnos al Báltico. Entiendo que se trata de la cantina más vieja de la ciudad, con todo lo que un bohemio tiene para sobrevivir al fin del mundo: mesas, sillas, una rocola y un mingitorio, además de litros de cerveza y una botana exquisita consistente en mixiotes de pollo.

Bebidos y comidos nos llevaron a la plaza donde se había instalado un presídium con micrófonos. Cada uno echó cuanto rollo le vino en gana durante algo así como dos horas. Para rematar la noche, Karla nos condujo al Jaibol, un barecito de corte mucho más juvenil donde se presentarían esa noche varios fanzines locales.

Ahí fue donde la vi. Parecía una muñequita de animé. Llevaba un vestido blanco, corto, con un par de medias rayadas hasta por arriba de las rodillas. El cabello peinado a la Betty Paige enmarcaba su cara de niña. Sonreía con la hermosura de quienes se saben poseedoras de una luz interior.

Hasta donde el ambiente festivo del bar me dejó escuchar, aquella chica trabajaba para una publicación literaria que se llamaba El Fanzine del Cerdo Violeta. Para mí, que tengo la memoria de Doris, la de Buscando a Nemo, ha sido todo un logro no haberlo olvidado (no recuerdo cómo se llamaba ella, aunque me la presentaron), pero es que me parece un título excelente. Misterioso, provocativo y a la vez humorístico.

Esa noche, la chica fungió también como Dj en la fiesta. A diferencia de otros “pincha discos” que no supieron (o no les interesó) comprender a la audiencia del Jaibol, ella sí nos puso a todos a bailar. Recuerdo sobre todo que casi a la medianoche puso Love will tear us apart, que a la turba de escritores nos pegó directo en el corazón.

De pronto, volteé y ella estaba bailando junto a nosotros. Aproveché para acercarme a preguntarle de dónde había salido el nombre del Cerdo Violeta. Fue entonces que aquella hermosa noctámbula me contó que provenía de una canción. El Club del Cerdo Violeta, incluida en el disco Piknik Caleidóscopico, de la banda española Los Negativos.

 

Nunca había oído hablar de ellos, aunque luego me enteré que en realidad es un grupo barcelonés bastante viejo. Formado en 1984, el grupo tiene una fuerte influencia de la psicodelia y el rock de los sesenta. Pese a su historia, sólo tienen seis discos de estudio, de los cuales el último fue lanzado el año pasado. Lleva por título Duplixin y posee una carga emotiva especial, ya que el vocalista y guitarrista Alfredo Calonge falleció el 14 de mayo de 2014, apenas a unas semanas de haber finalizado su grabación. El grupo paró unos meses antes de decidirse a lanzar el álbum, que mantiene ese espíritu old school de Los Negativos, experimental sin embargo a su manera, con letras interesantes que requieren de toda tu atención.

A mí me recuerdan un poco a Babasónicos, Los Planetas y Primal Scream.

Los Negativos. Desde hace un año los incluí en mi canasta básica musical. Resulta poco probable que ofrezcan conciertos en el futuro –aunque hay quienes esperamos que así sea–, pero si así fuera, estoy seguro que ella, la chica que parecía muñequita de animé, esté ahí. No creo que pueda encontrarla. Tal vez sí, quizás no. Pero ella sabe que le agradezco profundamente que me haya presentado al grupo y que, sin pretenderlo, me haya obsequiado una historia para compartir.

Seguro tú, que me lees, tienes algunas así.

Me corto un pie si no es así. [m]