#fosacomun
Una columna de Martín Rangel

Albert Einstein y William Shakespeare tuvieron un hijo y lo llamaron Carl. Apellido: Sagan.

Bajo esa mismo signo adivino el linaje de Daniel Flores (Estado de México, 1997), autor de la plaquette de poemas titulada Ciudad Mentira. Conocí a Daniel cuando él tenía dieciocho años y yo veintiuno. En ese entonces a los dos nos gustaba leer cosas en internet y poemas con música (no de fondo, sino poemas-con-música).

Ciudad Mentira. En la portada hay un collage, una pieza de net-art que incluye imágenes de pastillas y el rostro de una chica empujando la punta de su nariz hacia arriba. Del otro lado están las piernas de la ¿misma? chica y entre ellas se acomoda un cursor de mouse a manera de censura. Daniel, o la versión de sí mismo que nos permite conocer, dice en alguna instancia del libro: “no soy como dante no me gustan los eufemismos”, y la firmeza con que sostiene esa poética nos golpea en el rostro.

Es inevitable no pensar en Augusto Sonrics, cierta manera de entender el lenguaje después de la alt-lit, al recorrer los planos de la ciudad que Daniel imagina a través de palabras sencillas en su expresión, mas no en su manufactura. Una poesía que se ahorra a sí misma, y la complejidad a la que nos abandona no es otra que la este siglo y el caos comunicativo que significa habitarlo.

¿A qué le teme un hombre de la así llamada “nueva generación”? Daniel responde: a nada, salvo dejar de ser un hombre de “nueva generación”. La chica de la portada, la x en su nombre, es el objeto recurrente donde se concentra la mirada del poeta, y a ella se dirige sin temor a la cursilería o el rechazo: la ironía es un arma que cuenta en su arsenal.

Ciudad Ciencia y Ciudad Poesía son rostros distintos de una misma metrópolis delirante. Conocí a Daniel Flores cuando él recién había comenzado a estudiar la Ingeniería en Aeronáutica. A los dos nos gustaban los números y los pensamientos celestes. Amateurs (yo).

Ciudad Mentira descubre la poesía en la ciencia, y viceversa, como si los planos de la urbe hubieran sido concebidos por un poeta alt-lit. Hijo de Sagan, decía. De Shakespeare ya no sé.

todo lo que sé de astrofísica lo aprendí a lo largo de largas sesiones en tu instagram

o de alguna serie llamada COSMOS

ningún cosmólogo famoso podría descubrir tu procedencia

las horas pierden relatividad contigo

y la física deja de ser física

Poemas escritos a cuatro o más manos, poemas escritos en lenguaje máquina, poemas sobre bombas nucleares, poemas con preguntas elementales del tipo: “¿si no soy punk ni grunge, qué soy?”, todo a través de una sensibilidad actual y refrescante que, si bien no llega primero, conoce bien el camino. Que lo imaginario trascienda, que las letras invisibles se hagan completamente visibles: dos plegarias que resuenan por las calles de Ciudad mentira, por sus noches que Daniel atravesó hasta aprenderlas de memoria y ponerlas frente a nuestros ojos.