Por Arturo J. Flores

Somehow you knew one day

I’d say you were right

Manowar. Father

 

Ayer mi papá cumplió 66 años. Un seis más y podría invocar al Anticristo. Aunque no creo, porque el hombre que me dio la vida milita con el partido oficial, el que despacha con las alas y la aureola bien puestas. Tan noble es mi padre, que nunca ha querido arrancarme los cuernos ni convencerme de que presente mi dimisión a las huestes infernales, por más que él crea en Dios.

Pensaba yo en mi progenitor y las enseñanzas que a mis 37 me ha dejado. Y se me ocurrió que algunas de ellas deberían ser puestas en práctica en la escena musical contemporánea. Quizá si mi padre hubiera sido un músico indie –porque es más fresa que un hit de Adele– y aplicara su sabiduría, no adolecería de algunos de nuestros malos hábitos.

He aquí tres consejos que desde niño me regaló (y que para ser honesto a veces se me olvida llevar a cabo):

Sé puntual.

Mi papá sufre de una puntualidad patológica. Y cuando escribo “sufre”, lo hago porque su formalidad le produce únicamente corajes. Mi papá nunca llega tarde ni tampoco temprano. Siempre se presenta a tiempo. Si quedas con él al mediodía, es un hecho que tocará el timbre de tu casa exactamente cuando la manecillas del reloj se encuentren en la parte superior del reloj.

En un país donde todos llegamos tarde, respetar el tiempo te reserva una sobredosis de sinsabores.

De él aprendí a protestar cuando alguien pronuncia públicamente: “vamos a comenzar en unos minutos, por consideración a los que vienen tarde”.

¿Acaso la consideración no debía ser a quienes llegan temprano?

¿Cada cuándo una tocada empieza a tiempo? ¿Te han citado hasta dos horas antes a una fiesta musical? ¿Se ajustan las bandas a los horarios que les corresponden o se atropellan inmisericordemente robándose minutos de escenario los unos a los otros? ¿Consideran los organizadores de conciertos el tiempo para que se conecte una banda y se desconecta otra cuando arman sus horarios?

¿Eres de los que preguntan “pero a qué hora tocas tú” a tus amigos cuando te invitan a verlos, para ahorrarte la molestia de mirar a los otros proyectos?

Nunca digas “es que”.

No existe nada peor que alguien que pone pretextos. Eso me dijo mi papá cuando yo apenas era un niño que intentaba justificarse porque no había hecho la tarea.

Ignoro si fue el tono en el que me lo dijo pero me caló muy hondo. No voy a darme baños de pureza diciendo que nunca digo “es que”. Pero cada vez que me sorprendo incurriendo en una falta así, me recorre un latigazo helado la espina dorsal. Como si tuviera a mi papá azotándome con el látigo de su disciplina. Figuradamente, porque el hombre jamás me puso una mano encima.

“Es que la gente no apoya”. “Es que los medios no nos pelan”. “Es que los otros grupos no son solidarios”. “Es que los empresarios no nos tienden una mano”. “Es que la gente no sabe apreciar lo que tiene calidad”. “Es que nadie nos acredita”. “Es que los músicos nacionales no tocan chido”. “Es que sólo a los internacionales los toca la radio”. “Es que los discos físicos están desapareciendo”. “Es que no tenemos dinero para acabar el video”. “Es que en México como artista te mueres de hambre”. “Es que ya nadie lee revistas impresas”. “Es que son posers”. “Es que los millennials lo quieren todo peladito y en la boca” “Es que te oyes muy old school”. “Es que no escucho música nueva”. “Es que el festival está muy lejos”. “Es que no me dieron chance de tomar fotos”. “Es que no genera tráfico ni visitas”.

Alcanza para hacer un rap.

Y todos hemos cooperado con una estrofa.

 

Mira para arriba, pero también para abajo.

Eso me lo sugirió en una época en la que me quejaba constante por todo lo que no tenía. No nos iba particularmente bien y la familia sufría de muchas carencias. Entonces era yo un adolescente engreído que reclamaba porque no tenía ropa de marca ni chance de comprarme todos los discos que anhelaba.

Mi padre me reprendió: “Está bien que te compares con los que tienen más, pero también hazlo con lo que tienen menos”.

Toing.

Siempre que me asalta la tristeza, la amargura o el enojo (que son pocas veces, porque otra enseñanza de papá es “llévatela leve y que todo se te resbale”), me comparo con quienes están en un escalón abajo del foso.

Te faltan 10 pesos.

Trabaja por ellos, pero recuerda que una vez te faltaron 20.

Algún día mentarás madres porque no tienes 5.

Y agradecerás llevar 9 en el bolsillo.

Continuamente escucho quien despotrica porque sólo ha conseguido tocar con su banda en un bar vacío.

Existen países donde los jóvenes no pueden salir de noche.

Trabaja para que la próxima vez agotes tu boletaje.

¿Piensas que el cartel del Vive Latino está para orinarse encima?

Recuerda que una vez a un concierto de Rod Stewart (googléalo si te estoy hablando en chino mandarín) en Querétaro asistieron hasta los punks de la época, porque no había música en vivo en México.

Aquella generación moría de sed auditiva.

Mi papá me enseñó muchas cosas. Como a respetar a las mujeres empezando por el hecho de que –hombres y mujeres– viajamos como pasajeros dentro de una. También a llenar las cubas de ron hasta el primero de dos hielos. Me enseñó a patear un balón con el empeine (él, un guardameta retirado por culpa de sus meniscos; a mí, un villamelón del futbol), a leer libros de historia (mi hija ha bautizado a su abuelo como La Paty Chapoy de los chismes históricos), varios al mismo tiempo, y a comer rebanadas de queso panela delante de la televisión.

Es gracias a que mi papá hace ejercicio a menudo que pudo llegar a sus 66 con la vitalidad de un tipo mucho menor.

En ese sentido, creo que le dice sin querer a los músicos indie que no importa cuando te quiera cambiar la vida, nunca dejes de ser un Rolling Stone.

Ustedes disculpen. Hoy forevearé más de la cuenta. Si llego a los 66, cántenme ésta en vez de Las Mañanitas. [m]