TXT: Toño Quintanar

El cine de terror es un fenómeno que ha sufrido múltiples cambios a lo largo de su fructífera historia; misma que data desde los comienzos del celuloide.

En un principio, lo observamos como uno de los principales forjadores del Séptimo Arte, siendo El Gabinete del Doctor Caligari (1920), Nosferatu (1922) y El Gólem (1920) algunos de los trabajos más vanguardistas dentro de este fenómeno.

Más adelante, la semilla plantada por dichos esfuerzos traería consigo el afianzamiento de trabajos que proponían un auténtico análisis teórico de la estética de lo siniestro como son El Exorcista (1973), El Resplandor (1980) y Carrie (1976).

A pesar del paso del tiempo, el terror sigue siendo un género más que rentable. Prueba de ello son las múltiples producciones que se estrenan año con año en salas de cine de todo el mundo. Sin embargo, este mismo asunto ha dado como resultado una banalización desmedida en la que se persigue exclusivamente el susto gratuito y pasajero (screamer), olvidando que el terror es una categoría estilística la cual tiene como misión confrontar al espectador con circunstancias sublimes que se tornan un reflejo de nuestra propia ansiedad antropológica.

Cintas como El Conjuro se han vuelto las favoritas del público debido a que éstas no proponen ningún tipo de profundidad discursiva; sino que se adscriben a esa fórmula que asevera que el cine siniestro sólo debe de cumplir con la misión de producir miedo en el espectador.

Sin embargo, el origen literario de dicha corriente (El Castillo de Otranto de Horace Walpole, El Monje de Matthew Gregory Lewis, Frankenstein  de Mary Shelley, Dracula de Bram Stoker) apunta a que la verdadera finalidad del terror siempre fue transgredir las instituciones alienadas de nuestra civilización; plantear un conglomerado de extrañezas que provoquen una inquietud en los valores más arraigados del receptor

Algo que, visto desde una perspectiva sensible y subjetiva, resulta mucho más aterrador que cualquier aparición vengativa o muñeca endemoniada.

El verdadero cine de terror no es aquel que plantea una lucha entre el bien y el mal, sino aquel que nos hace conscientes de la obscuridad implícita que persiste en nosotros mismos.

Afortunadamente, durante los últimos años, hemos podido observar el florecimiento de arriesgados trabajos independientes que rescatan esta inquietud clásica para dotarla de nuevas formas discursivas.

Un buen ejemplo de dicho asunto es Bajo la Piel (2013), cinta la cual retoma uno de los conceptos más arraigados dentro de la ciencia ficción (el alienígena explorador quien se hace pasar por una sensual mujer) y lo vuelca en una serie de matices que parecen sacados de una estructura experimental.

En medio de su narración azarosa, encriptada e inconstante; este trabajo nos ofrece una exploración hacia las propias necesidades psicoafectivas de nuestra especie, mismas que se producen de manera intempestiva, a través de construcciones que nosotros mismos somos incapaces de prevenir.

Al mismo tiempo, su indagación con respecto a la sexualidad enarbola un discurso en el que lo más bello y lo más grotesco de nuestra especie se tocan de manera incisiva.

Muy similar es la reflexión que nos ofrece It Follows (2015), otro de los grandes nuevos eslabones del cine siniestro contemporáneo.

En esta obra maestra, dirigida por David Robert Mitchell, la ansiedad sexual se ve abordada a través de una metáfora de corte fantástico que analiza nuestros propios temores ante una sociedad mutante y contradictoria.

Suceso que ocurre en un ambiente juvenil el cual escapa de los molestos clichés a los que las producciones hollywoodenses nos tienen acostumbrados para presentarnos un escenario de manufactura atemporal que, por momentos, pareciera un auténtico portento de naturaleza gótica y cuasi-romántica.

La alegoría que ostenta It Follows parte de una concepción sumamente honesta: existen fuerzas que nos persiguen, que no podemos dejar atrás; decisiones, errores y sufrimientos que, simple y sencillamente, forman parte de nuestra condición.

Una línea similar es la que nos ofrece el discurso de The Witch (2015) cinta la cual retoma un mito popular sumamente recurrente que, hasta la fecha, no había sido abordado desde un punto de vista tan antropológicamente significativo.

Esta cinta propone una auténtica extrapolación de valores institucionales la cual deja en claro que aquellas concepciones arraigadas pregonadas por el cristianismo occidental esconden dentro de su propio fuero ético una serie de esbirros que suponen la perdición de aquellos entes quienes se entregan a la devoción absoluta.

En cambio, la figura del diablo es abordada a partir de un aura liberadora y contestataria la cual rescata las posturas filosóficas más deslumbrantes de John Milton para presentarnos un discurso que nos habla de esas potencias humanas que, durante siglos, las cabezas en el poder han tratado de controlar.

Una de las principales quejas de los puristas que se decepcionaron con The Witch era el hecho de que, supuestamente, la cinta “no daba miedo”.

En primer lugar, debemos de entender que el terror no es una emoción por sí misma, sino una escuela estética la cual debe de ser pintada con el mismo cuidado y preciosismo que se esperaría de una pintura barroca.

Al mismo tiempo, debe de tomarse en cuenta que el miedo sólo puede ser experimentado por aquellos quienes tienen suficiente sensibilidad como para mirar más allá de lo evidente y encontrar signos de extrañeza en una cotidianeidad que, a simple vista, pareciera común.

Esta tríada de filmes deja en claro que el terror no es un asunto homogéneo, sino una escuela que se divide en distintas sendas que pueden ir, desde lo más trivial, hasta una especialización desmedida que merece ser analizada de forma teórica.[m]

 

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here