Por Arturo J. Flores

Todos los martes entrego esta columna. El martes pasado no pude hacerlo. Iba algo atrasado en su redacción. Por la mañana de ese 19 de septiembre tuvo lugar un simulacro, que por supuesto se reprodujo en el edificio donde trabajo.
Horas después, por capricho de la naturaleza ocurrió un terremoto.

Foto: Dónde ir

Fuimos privilegiados, porque en nuestro caso no pasó del susto. Los que aquí laboramos, descendimos 40 pisos por las escaleras para encontrarnos con un escenario dantesco.
Escribí en otro texto que con lo primero que arrasan las catástrofes es nuestro derecho a la monotonía. Al llegar a la hora de siempre, tomarnos el café de costumbre, molestarnos con las cosas que no nos parecen. Todos los días.
Hasta que llega el día que no.
El día que no, es ese día en que hasta el celular parece haber entrado en shock. Si en otros días no para de molestarnos con notificaciones de redes sociales, los primeros segundos después de ocurrido el terremoto, cuando uno apenas se está sacudiendo de encima el desconcierto, ese mismo teléfono no sirve para un carajo.
El día que no, es ése en que el mismo transporte público que a diario nos arranca mentadas de madre, por el hacinamiento, por sus hedores o sus retrasos, sencillamente no sirve.
El día que no, es en el que ese piso donde pone uno los pies, inconsciente y rutinariamente, nos recuerda que está vivo. Se mueve. Reacciona. No pide permiso ni mucho menos perdón. Ese piso, incluso para los que trabajamos suspendidos cientos de metros por encima, pisando un falso suelo, no tiene palabra de honor.
Ese día que no, cobras consciencia de lo hermosa que es la maldita rutina.

Foto: Quien

El sismo y las pésimas decisiones inmobiliarias que permitieron el crecimiento de esta ciudad, le quitaron a muchos la posibilidad de desatenderse de lo trivial. De continuar con su rutina. Hablo de quienes el 19 de septiembre de 2017 les segó la vida. De quienes sufrieron la pérdida irreparable de un familiar o un amigo. O de quienes ya no tienen una casa adonde volver.
Víctimas del inmisericorde día que no.
De los que perdieron, como escribió don Renato Leduc, “la dicha inicua de perder el tiempo”.
De quienes dejaron de dormir sus 4, 6 , 8 ó las horas que antes conciliaban el sueño.
De quienes ya no les sabe el café matutino.
De los que temen escuchar su canción favorita con audífonos, por temor a desatender esa cruel sirena que en los capitalinos desata una epidemia pavloviana de sudoración fría.
De los que amanecemos rogando que ese día que comienza no sea un día que no.
Los días que no te enseñan a encontrar la belleza hasta en escuchar una canción que no te agrada. Mis vecinos tienen gustos diametralmente opuestos a los míos. Suelen acribillarme los oídos con piezas infames –para mí– que desde que regresó la energía eléctrica tras varios días de apagón, agradezco que puedan poner.
Celebro que lo hagan porque significa que viven, que cantan, que bailan dentro de sus casas. No todos corrieron con la misma suerte.
Ojalá sus canciones horribles nunca se callen.
Pero esta tragedia, hablando de canciones, también me hizo recordar un par que sí disfruto.
La primera es un viejo tema de El Tri que a la letra dice, “los mexicanos estamos hechos de una fibra muy especial”.

Foto: Reforma

No existe otra explicación para esa forma valerosa, desinteresada y comprometida con la que todos se han involucrado con los afectados por el terremoto. Ya sea intentado salvar vidas, removiendo escombros, distribuyendo alimentos y medicinas, compartiendo con los que no tienen lo que a otros les sobra, desde un techo hasta un enchufe para recargar un celular, puedo decir que no conozco a nadie que se haya mantenido indiferente ante la catástrofe.
Y la segunda canción pertenece a Chicano Batman. El título en sí mismo describe el sentimiento luminoso que ha contagiado a un país herido.
“Friendship is a small boat in the storm”.
Aunque el tema en su conjunto habla de lo contrario; de traiciones y la perversa naturaleza del ser humano, yo me quedo con el enunciado que le da nombre. Porque esa pequeña embarcación llamada amistad es lo único que nos mantendrá a flote en medio de este mar embravecido.
Los políticos ya demostraron que no son ni les interesa ser, nuestros amigos.
Son gente que no.
Todos los martes entrego esta columna. La semana pasada no fui capaz de hacerlo. Y hoy lo hago porque agradezco que puedo.
Que este no fue un día que no.

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