Por Arturo J. Flores

Foto de portada: Jimmy Van Bramer

En los lejanos años 90, solíamos contar este chiste:

-¿Cómo reconoces a un gallego en una discoteca?

-No sé.

-Por que es el único que trae audífonos.

Hacía mucho que no pensaba en la broma, pero un viernes a finales de mayo pasado fue lo primero que me vino a la cabeza. Estaba yo en El Paso, Texas, cubriendo la edición 2017 del Neon Dessert Music Festival. Dando tumbos entre la zona de comida y los tres escenarios, llegué hasta la Silent Disco.

En ella, porque funciona como un escenario más, no era un gallego sino todos sin excepción, incluido el DJ que animaba la ceremonia, quienes traían audífonos de argolla. Dentro de una carpa en la que debían caber algo así como 200 personas, cada uno pegaba de brincos, saltaba y lanzaba gritos de euforia… con la particularidad de que afuera no se escuchaba música alguna.

La Silent Disco. Foto: Soraya Villanueva

 

O sea, sí que la había, porque delante teníamos un DJ. Pero lo que mezclaba no salía por las bocinas, sino que se transmitía de forma inalámbrica hasta cada par de auriculares. Curioso era que para platicar, entre selfie y selfie, los asistentes a la Silent Disco intentaban gritar aún más fuerte, aunque hubiera sido más sencillo hacerse a un lado los audífonos.

Entré y vaya que fue divertido.

Cada vez cuesta más trabajo sacar a la gente de su casa, convencerla de pagar una entrada –porque hoy en día, como nunca, las mejores de la vida parecen ser gratos o cuando menos, cuestan una suscripción mensual– y mantenerla interesada en lo que sucede.

Ya no basta con tocar bonito, o quizá nunca fue suficiente.

Las pantallas LED (como las de Ariana Grande), las luces estroboscópicas (Como las de Radiohead), las estructuras en forma de araña (Como las de U2) , los fosos a la mitad del escenario (Como el de Metallica), la idea de subir a una legión de fans a cantar con el artista…

Iron Maiden invitaba a algunos ganadores de promociones a cantar una canción en el escenario.

 

…los encendedores prendiendo y apagando al ritmo de la música (como pasó con Pearl Jam a fines del siglo pasado), los más de 30 bailarines en escena que trae Madonna, la orquesta en vivo, los coros majestuosos, la proyección de una película al mismo tiempo que los músicos, la ejecución en vivo de un disco completo en el mismo orden en el que fue grabado (recurso explotado lo mismo por Interpol que por Café Tacvba), la ilusión en 3D de una banda de caricaturas (Gorillaz) o un holograma…

Miku Hatsune es una idol virtual japonesa que ofrece conciertos alrededor del mundo.

 

… todos estos atractivos parecen quedarse cada vez más cortos para justificar el sacrificio de una tarjeta de crédito.

Lentamente, los recursos antes mencionados han sido reemplazados por servicios que anteriormente se obviaban NO EXISTÍAN en un concierto o festival, como la comida gourmet, las bebidas de diseño, los baños limpios, el estacionamiento organizado y la visibilidad (casi) garantizada. Incluso por la posibilidad de treparnos a una rueda de la fortuna, una montaña rusa o una tirolesa que atreviese de punta a punta el escenario principal.

O una discoteca silenciosa que provea un escenario exótico para nuestra próxima historia de Instagram.

Es decir, que hoy en día estamos mucho más dispuestos a desembolsar unas monedas a cambio de disfrutar en un VIP PLUS de aquello que sólo por el hecho de asistir a un evento masivo deberíamos tener derecho, que por las canciones que escucharemos.

El verdadero sentido del lujo en la música en vivo dejó de ser la calidad del audio y se transformó en la experiencia –cada vez menos frecuente– de ser tratado como un ser humano.

La experiencia.

Sin lugar a dudas es una palabra bastante manoseada. Tanto o más que un tubo transversal en el metro.

Pero de que los asiduos de la música la buscamos en un festival, es indudable.

Y, a veces, la respuesta no está en algo tan surrealista como montar una discoteca con audífonos, algo tan sexy como organizar un festival en un balneario como Bahidorá, o uno tan extremo como el Burning Man, que se realiza en medio del desierto de Nevada, en el que está prohibido el comercio, cada quien lleva su propia comida y agua, además de aceptar el nudismo si es que así se quiere practicar; en ocasiones la verdadera experiencia radica en la vuelta a los orígenes.

En el disfrute del sonido sin restricciones.

El Caballo de Troya (Festival Burning Man 2011) Foto: NK Guy

 

Que la seguridad de King Crimson prohíba terminantemente que los asistentes a sus presentaciones graben y tomen fotografías, me parece una experiencia de confort por la que yo estaría dispuesto a pagar en todos los conciertos del mundo.

Más que por un mingitorio con iPad integrada en el cual seguir lo que pasa sobre el escenario mientras orino.

¿No me creen?

Así fue en Rock in Rio 2015.

Fotografía: Leonardo del Toro (Instagram)

 

Pero esa, es otra historia.

 

 

 

 

 

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