Ray Loriaga , el Kurt Cobain de la literatura española

TXT:: Juan Carlos Hidalgo

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Durante los primeros años noventa, Ray Loriga encabezó una revuelta literaria que lo mostró como si de un Kurt Cobain español se tratara. Y es que en su trilogía inicial conformada por las novelas Lo peor de todo (1992), Héroes (1993) y Caídos del cielo (1995) había múltiples referencias a la cultura rock, el consumo juvenil de drogas, evocación de los beatniks y, sobre todo, un desencanto ante lo que representa la vida adulta, que sin duda compartía malestares con muchas de las canciones que estallaron entonces.

Nacido en 1967, desde sus inicios tuvo el look de un rockstar que estaba molesto con el mundo y que más por aburrimiento que por voluntad se decidió a escribir historias –y resultó que lo hacía muy bien-.

Se insertó rápidamente en el periodismo y desde diversas trincheras criticó tanto a la Generación X como al grunge, corrientes en las que solían insertarlo colegas de aquel momento. Siempre beligerante y combativo, se le identificó como un enfant terrible y con el modelo de escritor que vive para la noche y sus secretos.

Incursionó en el relato con Días extraños (1994) y El hombre que inventó Manhattan (2004), entre otros libros. Sostuvo una relación que ocupó demasiadas páginas de la prensa rosa con la cantante y compositora Christina Rosenvigne, residió un buen tiempo en Nueva York e incursionó como director y guionista en el mundo del cine.

Debutó en 1997 con La pistola de mi hermano (adaptación de Caídos del cielo) y luego estrenó en 2006 Teresa, el cuerpo de Cristo. Los resultados de ambas fueron polémicos. Obtuvo mejores críticas por colaborar en el guión de Carne Trémula de Pedro Almodóvar y escribir completo El séptimo día para Carlos Saura.

Tras de estar en la cresta de la ola fue tratando de adaptarse a la circunstancias y no pasó largos periodos sin publicar; aun así en 2011 editó El bebedor de lágrimas, un encargo para el público juvenil y destinado a ser una saga, que tras de sí tenía hacerse de un ingreso garantizado (problemas de dinero, digamos). Ahí comenzó su vínculo con la editorial Alfaguara, que continuó con otra novela: Za Za, emperador de Ibiza (2014).

No es errado apuntar que para gran parte del gremio literario y periodístico constituyó toda una sorpresa que Loriga resultara ganador del premio de esa casa editorial en 2017 y que año con año levanta intensas polémicas. Se trata de uno de los concursos mejor remunerados, pero que para muchos trae consigo la franca consolidación de los objetivos comerciales de la empresa y no tanto privilegia su nivel literario. En esta ocasión muchas voces se han elevado para señalar que si se premió a una obra con notables cualidades.

Rendición destaca por ser un registro muy peculiar de abordar la ciencia ficción; tal pareciera que sigue la ruta de una de sus mejores novelas: Tokio ya no nos quiere (1999) en cuanto a la especulación sobre el futuro. Aunque en esta obra nos encontramos ante un panorama desolador y una visión distópica del porvenir.

Un aspecto muy interesante es que el punto de partida es una comarca rural que lleva mucho tiempo ante el estallido de una guerra que se ha prolongado por años y de la que cada vez se tienen más escasas noticias. Se trata de un territorio del que no se dice el nombre, pero que, sin duda, se parece a la España profunda.

El protagonista es un capataz que se casa con su patrona al quedar viuda y tienen dos hijos que se han marchado al ejército. Viven la situación de emergencia con resignación hasta que son notificados que tendrán que marcharse hasta un sitio llamado La ciudad transparente y para ello deberán quemar su casa.

La primera parte de la novela se concentra en el viaje; en el cual aparecen el tráfico de influencias, las diferencias de clase y mezquindades y vilezas de todo tipo. La pareja recién ha adoptado a un niño fugitivo que es mudo y juntos deciden asumir esa “nueva” vida que aquella ciudad tan sofisticada promete y a la que arriban devastados y con algunos muertos a cuestas.

Al llegar a La ciudad transparente surgen vínculos evidentes con Un mundo feliz y 1984; la urbe es de altísima tecnología y ha sido construida con un material totalmente cristalino y transparente.

Los recién llegados son insertados en un orden total que al parecer garantiza que cada persona se sienta realizada y plena. Se trata de una sociedad autosustentable y meticulosa que obliga a sus habitantes a tomar constantes y extraños baños. La observación colectiva es permanente.

El protagonista es un hombre acostumbrado al trabajo rudo, que ama la tierra y las cosas simples. Su mujer prefiere la cultura y los libros y en una biblioteca conoce a un joven ilustrado que se convertirá en su amante.

La nostalgia parece ser el elemento detonante para que el protagonista se encamine hacia la disidencia. Cuestiona toda esa aparente felicidad y un comunismo de vanguardia que parece no tener imperfecciones.

El hombre comienza a tener encontronazos con el sistema y sus cuestionamientos lo convertirán en el enemigo. En La ciudad transparente no están permitidas la memoria y la historia. El plan aplicado consiste en erradicar los recuerdos y con ello cualquier interrogante sobre el orden que impera.

Absolutamente todo debe ser transparente –la materia y las mentes-; ante lo que el protagonista increpa: “Y de la claridad se puede tener buena o mala opinión, pro es evidente que cuando es tan excesiva y se convierte en la única condición, engulle todos los secretos, todos los misterios y todos los deseos”.

Al insurrecto sólo le queda la escapatoria –insólitamente sencilla y a la mano-. Pero emprender la fuga precipitará el descubrimiento de verdades desoladoras que van de los afectos al discurso público. No hay posibilidad alguna para la esperanza; hace mucho que hemos caído rendidos ante la derrota.


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