Por Arturo J. Flores 

Y a mis pies se cerró, sombrío y silencioso,

el profundo y corrompido lago

sobre los restos de la Casa Usher.

Edgar Allan Poe

 

Hacía mucho que no me paraba en una disquera. Porque dejó de tener sentido. Hoy casi todo se arregla con una llamada, un mensaje de whatsapp o un correo electrónico. Casi. #PorqueMéxico

Trabajo con disqueras extranjeras como Nuclear Blast, Napalm Death, Subpop o Matador. Cuando quieren que escuches un disco antes de su lanzamiento te envían un link. Lo oyes en streaming y escribes tu artículo. Así de práctico. Porque la tecnología sirve para hacer la vida más fácil. Pero las disqueras mexicanas se quedaron en la prehistoria.

Imaginan que obligándote a ir hasta sus oficinas evitarán que “piratees” el disco para venderlo. Pobres ilusos. Como si alguien todavía comprara discos.

Así las cosas hace unas semanas atravesé la ciudad para escuchar “en exclusiva” (la pomposidad de sus anuncios me causa ternura) el nuevo álbum de los Red Hot Chili Peppers. En condiciones paupérrimas para oír música, dicho sea de de paso. Con el escándalo Godínez de una oficina (teléfonos, carcajadas, impresoras, los cláxones entrando por las ventanas abiertas) opacando lo que salía por las infames bocinas de una computadora. Ni siquiera la intención/atención de acondicionar la escucha para que pudieras utilizar tus audífonos.

 

Eso sí. Me hacen firmar una carta compromiso sin validez legal alguna obligándome a no revelar el contenido “exclusivo” del disco de los Peppers antes de la fecha convenida por la publicación para que escribiría el artículo.

Dios. Pero sí a duras penas pude recoger detalles algo decentes de lo que me pusieron… “en exclusiva”.

Ser periodista musical en México es lo más cercano a cubrir una guerrilla.

Pero les contaba yo que hacía tiempo no iba yo a una disquera. Específicamente visité las oficinas de Warner. La que otrora fue una deslumbrante compañía. La que presume en su catálogo poseer los materiales de otrora grandes vendedores de música como Madonna o Luis Miguel. La que aún distribuye en nuestro país el elenco de sellos como Atlantic, Roadrunner o Reprise.

La última vez que estuve aquí aún podías encontrarte a alguna celebridad de medio calibre que atendía una junta. Te registrabas al llegar en la libreta que tres policías malencarados te señalaban con la mirada. Pasabas a la recepción y te anunciabas con la recepcionista. Ahí había una rocola que insistente reproducía los hits que la disquera promovía en la radio. A veces en una pantalla de televisión se exhibían los videos. Decenas de periodistas, distribuidores, músicos y clientes nos apretujábamos en la salita de espera, aguardando por nuestro turno para pasar.

Entonces se organizaban multitudinarias escuchas de discos en una sala de juntas con sonido estéreo. Los label managers ofrecían un coffee service para hacer más amena la dinámica. Otras veces había conferencias de prensa. Pretextos para tomar cerveza antes del mediodía. Para platicar con otros colegas de música.

Los periodistas musicales hacíamos rondines quincenales a las disqueras (Warner, Sony, Ariola, Polygram, Pentagrama, Opción Sónica) para recoger material, bolsas y bolsas llenas de cd’s que escuchábamos para escribir acerca de ellos. Y que, luego de utilizar, nos deshacíamos de ellos en el Chopo a cambio de otros que sí nos gustaran. Algunos compañeros completaban la quincena vendiendo ese material promocional en el tianguis. Confieso que también pequé. ¿De qué otra forma pagar la leche del crío cuando la quincena apenas llegaba a 2,000 pesos?

Les decía que hace unas semanas volví a Warner Music. Los policías malencarados habían desaparecido. Hay en su lugar un vigilante bonachón que me pidió que me registrara en la sempiterna libreta. Imagino que en la página número uno debe estar la firma de Dios. Me veo obligado a usar mi pluma porque la del vigilante se quedó sin tinta.

Warner parece un cementerio de elefantes. No deambulan ni los fantasmas. De la recepción sólo quedó un cascarón. Desapareció la recepcionista, su teléfono y su computadora. La rocola ya no toca y de las pantallas no quedó sino un cable abandonado en el techo.

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Hubo una vez una recepcionista.

 

Tiene sentido. Hace tiempo que MTV tampoco transmite videos.

Aquella recepcionistas simpática que la hacía de Heraldo y te anunciaba con la persona que venías a ver fue reemplazada por un cartelón colocado en la pared. En ella se enlistan las extensiones de la gente que trabaja (aún) en la disquera. Abajo hay un teléfono para tú mismo marques. Self service le dicen los gringos. Reflejo de una crisis irreversible en una industria que se desmorona, pensamos los apocalípticos.

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Sea su propio conmutador.

 

Después de escuchar el disco de los RHCP me acompañan a la puerta. En el sonido ambiental suena un tema de Depeche Mode. Me explican que todos los jueves programan los éxitos de la disquera.

Cuando Enjoy the silence fue éxito, nosotros los reporteros todavía visitábamos las disqueras. [m]