Por: Alejandro Mancilla

Vi a Candy tocar hace algunos años (el grupo cumple 10 años ya), y me gustó la energía que desperdigaban en escena, pero no les entendía nada, cantaban en inglés y si casi siempre tengo que recurrir al booklet o a internet para entenderle a, digamos Robert Smith, pues con más razón a un grupo mexicano. Después, me tocó entrevistarlos para un desparecido canal de cable y me escandalizó que la bajista y cantante, Valentina, no pudiera nombrar un solo bajista que la hubiera influenciado. Hoy creo que eso no importaba; escuché su tercer disco sin ningún antecedente, ni siquiera quise leer el boletín.

“Atlas” comienza con el tema homónimo que es la confesión de un sueño en clave dream-pop. Atmosférica y evocadora, la voz de Valentina se mueve entre lo infantil y lo siniestro. A la mitad, la canción explota y la batería, que suena como parte de un ritual lleva la pauta de un gran tema abridor que nos indica por dónde continuará el viaje. Candy están quizás inadvertidamente, emparentados con los españoles Klaus and Kinski, en el sentido de hacer canciones oníricas con un sentido del pop claro. Pero no cualquier pop, el segundo track (“Conjuros y Rituales”) si bien tiene un coro con gancho con su coro discotequero, se mueve en los terrenos de Siouxsie and the Banshees, Altered Images o por mencionar una referencia más moderna, de Savages. En “Faro Amelia”, las influencias del pop oscuro siguen latentes, la voz masculina está bien matizada y con el complemento de la voz femenina, el resultado es otro de los momentos brillantes del disco, sobre todo la primera parte donde el grupo despliega un sentido perfecto de la melodía que pocos grupos actuales logran. Es de agradecerse que Candy se decantara por las canciones en español ya definitivamente, ya que eso crea más empatía con el oyente. Las letras, un tanto obsesivas, se sienten fluidas y contienen influencias literarias palpables. “Siempre fuimos distintos, siempre fuimos salvajes, tenemos hambre” dice la letra de la siguiente canción (“Salvajes”), en una especie de declaración de principios sobre el espíritu del grupo. El bajo destaca en “Villa Aurora” junto con la voz de Valentina, quien en esta canción me recuerda un poco a Los Punsetes, quizás por las influencias post-punk de ambos grupos, mientras que “ El Tiempo de los dos” inicia como una canción al puro estilo The Cure (instrumentalmente hablando) y rompe la monotonía que pudiera provocar un disco con este registro, totalmente rendido a sus influencias. El antepenúltimo track (“Reptil”), en una vena un poco más bailable, sigue la tendencia de las anteriores: voces femeninas y masculinas envolviendo melodías, mientras que “Hombre de sal”, otro gran momento del disco, destaca por su base rítmica y un sintetizador heredado del new wave de los años 80. “Ellos tienen nombre” es la canción que cierra el tercer disco de esta agrupación que envuelve sus canciones oscuras en un aura de dulzura que puede resultar adictiva, y lo digo muy en serio por que voy por la tercera escucha.

Atlas-Candy

Roja

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