Por Toño Quintanar

-1977. ¿Cómo es posible que todo haya ido tan mal? Es como si algún Dios caprichoso y voluble le hubiera dado la espalda desde hace mucho tiempo. Como si el nombre de Roman Polanski hubiera sido apuntado, con letras indelebles, en una libreta divina reservada para los condenados. No fue suficiente sobrevivir al holocausto, perder a su madre en medio de un remolino de odio y sangre. Ahora, horrores inéditos se arrojan sobre él.

El director de cine escruta con su mirada nerviosa los detalles de la fiscalía. El rostro de su abogado, a pesar de sus promesas de triunfo, tiene un aspecto sombrío, derrotado; por debajo de la cara de póquer puede verse un caudal de ansiedades. Roman rememora lo ocurrido aquella noche, en la casa de Jack Nicholson. Intenta separar lo que realmente hizo de lo que dicen que hizo. Aquella niña de trece años; la bañera, la cámara fotográfica. Es un ejercicio verdaderamente doloroso, podría echarse a llorar de no ser porque la gente a su alrededor le cohíbe. El rostro de Sharon le vuelve a la memoria una y otra vez. Nunca volvió a ser el mismo después de su muerte. Es como si un luto invencible se hubiera extendido a lo largo de los últimos años, tiñéndolo todo con un negro masivo. Ahora enfrenta una seria acusación por abuso sexual, ni más ni menos. Algo que nunca se hubiera imaginado que tendría que vivir. El hombre de 43 años trata, inútilmente, de fijar su existencia en los microscopios del tiempo: descifrar los mecanismos orgánicos de la tragedia.

-1969. Los Ángeles, California. Increíble que un evento de dicha naturaleza haya ocurrido en un área tan tranquila y adinerada como lo es Bel Air. La escena parece sacada de la cinta de horror más obscena. Aquella mansión de Cielo Drive es un hervidero de cadáveres. Cinco personas masacradas de forma verdaderamente espantosa. Sin embargo, hay una en especial que resalta de forma inenarrable. El sargento Joe de Rosa no puede dejar de preguntarse qué tipo de degenerados serían capaces de hacerle algo así a una mujer embarazada. La hermosa muchacha, quien poco después sería identificada como la actriz Sharon Tate; se encuentra tirada sobre la alfombra de la sala con una expresión de sufrimiento desencajado y triste. Todo su cuerpo es un mapa de dolor. Heridas profundas afloran a lo largo de su abultada anatomía mientras que una soga, groseramente gruesa, persiste amarrada alrededor de su cuello de cisne. Un flashazo de cámara deslumbra a los oficiales mientras uno de los peritos saca una foto a la inscripción que resalta en la puerta como una diabólica dedicatoria de triunfo. Una especie de firma trazada por un artista quien da por concluida su maléfica obra. Cerdos.

Más adelante, estos crímenes serían adjudicados al mesiánico Charles Manson y a su familia de discípulos.

-1968. “Sorprendente lo que algo de arrojo puede lograr”. Dicha idea cruza de forma fugaz la mente del compositor polaco Krzysztof Komeda mientras éste observa a su amigo, el director de cine Roman Polanski, sumirse en sus obligaciones como regente de una producción la cual, es necesario decirlo, está funcionando de forma fenomenal. El único problema, en su opinión, es el nombre de la cinta. Rosemarys Baby le parece un título demasiado críptico. Sin embargo, ver a Mia Farrow en un papel tan intenso, tan cercano a la locura, es algo verdaderamente encantador. “Qué guapa es”, piensa el músico mientras se cruza fugazmente con la actriz. Realmente, él no debería de estar ahí. Su verdadero trabajo le aguarda en su estudio, con sus instrumentos. Sin embargo, le exigió a Roman poder estar presente durante el rodaje con el fin de sumergirse en la estética ominosa de la cinta. Todo fue una treta; simplemente le gusta estar en el set, rodeado de tanto dinamismo, de tanta energía desbocada. Komeda saborea, inconscientemente, los placeres de estar vivo. Puede presentir largas décadas de desafíos y victorias alzándose frente a él; una vida llena de fulgores y texturas. Nadie podría advertirle que moriría un año más tarde, víctima de un aparatoso accidente automovilístico.

-1966. Ha sido un largo día en el set de grabación de The Fearless Vampire Killers. Roman Polanski se permite medio minuto de cavilación mientras los técnicos terminan de hacerle unas cuantas modificaciones finales a la escenografía. El director no ha logrado concentrarse del todo durante esa jornada. Sus ojos le conducen, una y otra vez, casi como por reflejo involuntario, a las facciones marmóreas de la actriz. Ella se encuentra en el otro extremo del set, repasando concentradamente sus líneas. Su cabellera platinada ha sido teñida con un rojo sanguíneo el cual, inevitablemente, le brinda a la muchacha un aspecto esotérico, pagano. Sharon Tate; su reputación como vampiresa de la vida real le precede. Al principio, Roman profesó cierta antipatía hacia la chica. Nunca ha sentido especial aprecio por aquellas mujeres alrededor de las cuales revolotea todo un séquito de admiradores embelesados. Sin embargo, muy en el fondo, el realizador está consciente de que dicha animadversión no es más que el retorcido resultado de ese innegable magnetismo que la actriz irradia de manera irreductible. Siente un escalofrío en toda su columna cuando ella levanta la vista de su libreto para dedicarle una sonrisa: dardo emotivo el cual se impacta de lleno en su fuero sensible. ¿Será que…? Imposible. Polanski se lleva las manos a las sienes, entorna los ojos y trata de convencerse de que no se está enamorando de la bellísima Sharon Tate. [m]