Para Vania, Jacqueline

y Pablo.

 

Mi tío tiene un crush con Lana del Rey. Un señor de casi 70 años. Cuando aprendió a usar Facebook, le gustaba escribir mensajes en el muro de la cantante. Palabras de amor. Incluso un poco más. Una vez le puso “mamacita” en uno de ellos. No es que mi tío sea ingenuo. Sí le gusta Lana del Rey, pero sobre todo lo hacía para hacer enojar a sus hijas. El buen diablo se salía con la suya. Porque mi prima se moría de la pena.

Esta mañana me invitaron a un programa de radio en una Universidad. Una mesa de debate acerca del sexismo en la música. No estaba escrito que nos abocáramos a hablar de reggaetón, pero así sucedió. De entre los cinco panelistas sólo dos defendieron al género musical del perreo. Lo correcto es decir que salimos en su defensa. Porque yo fui uno de ellos. A mis 38 años. La otra fue una mujer. Feminista, por cierto. La que esgrimió un argumento apabullante: “¿Por qué está mal reconocer que a las mujeres también nos gusta el sexo?”.

En mi caso nunca he perreado. Ni creo que lo vaya a hacer jamás en la vida. Ya no estoy en edad ni tengo la gracia. Tampoco escucho reggaetón aunque alguna vez lo intenté. Por curiosidad. Porque quise acercarme a esa escena que me es ajena, pero que veo que emerge como la espuma. Nunca lo he escuchado en vivo más allá de Calle 13 –que sí me agrada bastante– pero tengo entre mis pendientes una excursión nocturna al Bahía. Un recinto que me platican es al presente y al reggaetón lo que en los 80 y 90 fue Rockotitlán al rock.

Por esa misma curiosidad oí a Maluma. “¿A poco no Elvis perreaba?”, le pregunté durante al programa a Vania, la feminista con quien coincidí. “Ese bato súper perreaba”, “por eso lo censuraron”. A J Balvin. Quien por cierto dice en una de sus canciones: “tírame un snapchat”. Hace dos generaciones a Cindy Lauper la reprendían sus papás porque el teléfono de su casa sonaba a mitad de la noche. También a Pxxr Gvng. Uno de sus tracks lleva por título “Tu coño es mi droga”. ¿Acaso eso es sexismo? Decir que el aroma, el sabor y la belleza del templo erótico de una mujer provoca en el escucha una adicción como la de cualquier estupefaciente me parece acaso pornografía. Decirlo con pelos y señales. Como la del Marqués de Sade. O la de Ron Jeremy. Ya lo dijo el cineasta Luis Berlanga: “la pornografía es el erotismo disfrazado de Christian Grey”.

No me agrada el reggaetón. No conecto con él porque vengo del país de las guitarras distorsionadas. Pero tampoco le temo a lo que es distinto. Me fascina que la generación del presente tenga una música que haga enfadar a sus ancestros. De otra forma no tendría sentido ser joven. Que se escandalicen por dar rienda suelta a su sexualidad con el perreke. Así me dicen que le dicen. Yo fui un adolescente que más de una vez disfruté de la violenta catarsis del slam. Mis papás y mis profesores no lo entendían. Afirmar que todo el reggaetón es sexista es igual que decir que todo el metal es satánico y todo el punk, anarquista.

Este fin de semana es el Corona Capital.

Inevitablemente me haré viejo un día. Más viejo. Espero que para entonces siga siendo un niño travieso adentro de un cuerpo arrugado. Como mi tío, que le envía mensajes de amor a Lana del Rey en su muro de Facebook. Para hacer enojar a su hija. Y se sale con la suya.

Cualquier cosa antes que un cascarrabias roñoso de esos que nada les embona. Ni el cartel de un festival o que haya feministas a las que les guste bailar reggaetón. Estoy convencido que el respeto al perreo ajeno es la paz. [m]