Por Arturo J. Fores

A mi abuela le gustaba ver películas mexicanas en el Canal 9. La recuerdo sentada en el comedor, con sus estambres desparramados por la mesa y los anteojos acomodados en la punta de la nariz. Así podía mirar la televisión sin ellos, y bajar los ojos para supervisar a través de los cristales cualquier detalle del tejido.

-Puros pinches muertos –repetía de cuando en cuando.

Se refería a los protagonistas de aquella filmografía en blanco y negro que le ocupaba las tardes. Cada vez que Tin Tan, Clavillazo y El Santo aparecían en pantalla, a mi abuela se le escapaba un suspiro. Aquel desfile de actores, cómicos y luchadores enmascarados que habitaban las entrañas de un panteón, invariablemente la obligaban a repetir, como mantra:

-Puros pinches muertos.

Cuando comenzó a crecerle un cáncer en el estómago, mi abuela dejó de tejer. Pero nunca de mirar televisión. Y como anticipando esa muerte que la habría de silenciar de manera perpetua, un día la madre de mi padre dejó de hablar. En sus dos últimos meses de vida no paró de observar películas en el Canal 9, aunque jamás volví a escuchar la frase:

-Puros pinches muertos.

Hasta que el pasado 3 de diciembre encontraron sin vida a Scott Weiland en su autobús de giras.

Confieso que me afectó su muerte. Pero no en el sentido de que su trabajo con Stone Temple Pilots, Velvet Revolver, Art of Anarchy o Scott Weiland and The Wildabouts, la última banda en la que militó, hubiera cambiado mi destino. Si me gusta la música que hizo. Muchas de sus canciones forman parte de historia e incluso, las relaciono con momentos de gran valor emocional.

Pero lo que me dolió en el alma fue reconocer que poco a poco mis listas de reproducción se parecen a aquellas películas que veía mi abuela.

Puro pinche muerto.

Y no es que no escuche música nueva. Lo hago a diario. Pero eso tampoco significa –lo he escrito decenas de veces– que eche a la basura la música vieja. Si lo hiciera, no tendría sentido que sus autores hubieran dejado el alma en esas canciones. Si me pudiera deshacer de esa música como quien deshecha un pañuelo después de sonarse la nariz, les faltaría al respeto a mis héroes.

El deceso de Scott Weilando me recordó aquel poema de Renato Leduc que después hicieron canción.

 

“—ignoraba yo aún que el tiempo es oro—

cuánto tiempo perdí —¡ay!— cuánto tiempo.”

 

El tiempo es esa locomotora inclemente que no se detiene.

Hoy por la mañana me llegó a la oficina el más reciente disco de Bunbury. No me gusta y no tengo intenciones de escucharlo. Lo que me llamó la atención fue la imagen de su contraportada.

ghrthrjt

¿En qué momento sus manos se volvieron las de un hombre mayor?

Supongo que cuando cumplió 48, la misma edad que tenía Scott Weiland cuando falleció.

Las mías van para allá, aunque tenga 10 años menos.

fegf

Y es que cuando los músicos de tu juventud se van de vacaciones al Más Allá, te acuerdas que tú no dejas de secarte.

Porque la desaparición física de Scott Weilando significa muchas cosas. Que ya no existirá una nueva reconciliación de los Pilotos del Templo de Piedra. Que jamás veré en vivo a Velvet Revolver ni a los Wildabouts. Que sólo queda la mitad de aquel santoral grunge que iluminó mi adolescencia. Que Eddie Vedder y Chris Cornell lucen cada día más viejos. Como exhibió su ex esposa en una carta abierta –de muy mal gusto creo, porque la ropa sucia se lava en casa– su muerte extinguió la esperanza de que el cantante se convirtiera en un buen padre para sus hijos.

Poco a poco mis listas de reproducción se llenan de muertos.

Por casualidad encontré en YouTube una entrevista que Scott dio a 102.1The Edge dos días antes de exhalar su último aliento. Se trata de una especie de cuestionario Proust que varios músicos respondieron y que formará parte de un producto más completo.

 

 

Me partió el corazón cuando le pidieron que compartiera el momento en que le habían dado el último beso y Scott dijo:

-La semana pasada, cuando mi mujer me visitó en medio de la gira.

Es cursi, sí. Pero nunca sabemos cuándo si el beso que recibimos es el último. Si después de esta reproducción en Deezer no habrá otra canción para nosotros. O si ésta será la última vez que podrás escuchar en vivo a una de aquellas voces, como lo fue Weilando para mí en el Plaza Condesa hace tres años, que marcaron tu adolescencia.

Incluso ignoré que aquella vez era la última que mi abuela, delante de la televisión, diría:

-Puros pinches muertos.

O la primera ocasión que mires alguna entre tus listas de reproducción y digas:

-Puros pinches muertos. [m]