Por Arturo J. Flores

Foto: Lulú Urdapilleta, cortesía OCESA

A fines del año pasado, una fake news llamó la atención por encima del océano de falsedades entre las que tiene uno que navegar en la red. En un video editado, la diputada panista Martha Cristina Jiménez Márquez defendía la necesidad de declarar al reggaetón como patrimonio cultural de México.

“El reggaetón ha sobrepasado a todos los géneros en nuestro país; es tanta su demanda que ocupa las primeras posiciones de Spotify, Billboard, YouTube, entre otras plataformas. Reconozcamos que este hermoso género se constituye como el máximo representable del pueblo mexicano”, decía la legisladora en un audio montado. Hay que reconocer que con gran creatividad.

 

Obviamente, le llovieron toneladas de hate. No únicamente de parte de quien ni se tomó la molestia de ver completo el video, sino de aquellos que lo tomaron por cierto. Y es que, como se dice, es gracioso porque es verdad. El tiempo se encargó de hacer realidad la broma. En la reciente entrega de los Latin Grammy, “Despacito” se erigió como la Grabación del Año, Canción del Año, Mejor Video Versión Corta y su remix obtuvo el galardón como Mejor Fusión/Interpretación Urbana.

Por si fuera poco, el cierre de la ceremonia corrió por cuenta de Luis Fonsi junto con Bomba Estéreo, Víctor Manuelle y Diplo, quienes interpretaron una versión de… sí, adivinaste: “Despacito”. La canción que en el año que concluyó escuchamos hasta en la sopa, el guisado y el postre.

A Einstein le gusta esto

Puede que el adjetivo de “Patrimonio” le quede grande, pero de que el reggaetón ha impregnado hasta las más indómitas áreas del ecosistema musical, no cabe duda. Claro que la mercadotecnia tuvo en ello una gran responsabilidad, pero al mismo tiempo hay que tomar en cuenta a ese misterioso indescifrable llamado “gusto popular”. ¿Qué es lo que hace que una música se nos cuele hasta lo más profundo de los huesos y nos obligue a perrear sin pudor?

La ciencia no ha podido explicarlo al cien.

Aunque existen algunas pistas.

En julio pasado, la doctora Jessica Grahn, neurocientífica que estudia la música en la Universidad del Oeste de Ontario, le explicó a BBC Mundo cuáles son, desde su punto de vista, las razones por las que “Despacito” es tan pegajosa.

En primera instancia, porque su ritmo es muy simple, lo cual fortalece la comunicación entre las áreas del cerebro que procesan el sonido y aquellas que regulan las emociones. Esto hace que hasta sin querer, nos pongamos a bailar y eso nos haga sentir bien. O sea que si eres un punk de cepa y con el reggaetón mueves la patita, no te culpes. El reggaetón es droga cerebral. Algo que va más allá de ti.

En segundo lugar, aquello que hizo que nos enganchemos con la canción de Fonsi y con el reggaetón por añadidura, de acuerdo con la experta, es un silencio que rompe el ritmo antes del primer estribillo. Lo que desconcierta a nuestras neuronas justo cuando está disfrutando de su golosina. Porque el reggaetón es exitoso por su sencillez. Igual que una película de American Pie de los dosmiles. Te ríes y punto.

En tu cara, Justin

En un fragmento del documental Indie in Mexico, que realizó la marca de audio Bose, Santiago Casillas de Little Jesus comenta la importancia que tuvo cantar en español para el despunte de grupos como el suyo.

“Aunque mucha gente en México habla inglés, especialmente los jóvenes, hay muchos que no, y al final quiere entender lo que dicen las letras. No únicamente escuchar la música”, subraya.

A eso añadiría yo: a los latinos nos gusta bailar. El reggaetón se ha propagado como una infección porque nos gusta mover el cuerpo. Casi cualquier cosa que se baile tiene posibilidades de convertirse en un hit.

Ojo, que lo escribe alguien que aún se decanta por las guitarras distorsionadas, que prefiere sonidos metálicos, hardcore, psicodélicos, antes que cualquier percusión tribal. Pero que con el paso de los años se rehusó a obedecer ese prejuicio no escrito, pero asumido, que establecía que si te gustaba el rock, aborrecías bailar.

Apenas el viernes pasado perdí mi segunda virginidad: una chica me perreó.

Y eso no es todo.

Son dos las personas que me han platicado que vieron a un alemán perrear en Berlín. Uno de ellas, el Director de contenidos de Marvin. La otra una amiga que si bien lleva tatuado en el alma a Trent Reznor de Nine Inch Nails, nunca le saca la vuelta a un perreo.

Este fenómeno sí me parece inaudito. Hasta donde me alcanza la memoria, nunca los europeos se habían dejado seducir tan profundamente por una expresión musical latina como pasa con el reggaetón.

Para muestra, J Balvin realizará conciertos en grandes arenas de Amsterdam, Francia e Inglaterra en 2018.

Puedo no ser fanático del género. Pero lo he bailado. Lo he visto rescatar de la muerte a las fiestas más soporíferas. Pero no lo llevo en mi celular. Sin embargo, reconozco que después de tantos años en los que Estados Unidos y el Reino Unido hicieron washear a Latinoamérica a ritmo de rock, me gustó ver a Justin Bieber balbucear un reggaetón en español. Representa un acto de justicia. Porque además, hay que reconocerlo, esa música no se escucha bien en inglés.

 

Reggaeton (ojalá se queme) lento

Sí, el reggaetón tiene un origen callejero. Nació en el ghetto. Igual que el rock lo hizo en la marginación sesentera. Y después saltó a las grandes palestras. Porque no es lo mismo Ramones que The Strokes, como tampoco lo es Tego Calderón que Maluma.

Pero si Rosa Pistola le dijo al periódico español El País que el reggaetón es el nuevo punk, fue porque, ella así lo explica, “en el reggaetón estamos expresando todas esas cosas de las que nadie quiere hablar. Se está hablando de cosas políticas, sociales, de violencia, de sexo, de lo transgresor… Y además aquí es igualmente mal visto. Para mí es lo mismo, sólo que el punk es de los europeos y el reggaetón de los latinoamericanos”.

Más adelante afirma: “Para mí también está bien el reggaetón-pop, porque ese tipo de artistas le dan la oportunidad de abrirse al reggaetón y de ir a otros lugares. Pero obviamente los artistas tradicionales de reggaetón no suenan en la radio por el tipo de lírica y de mensaje que se está dando”.

 

Muchos de quienes detestan, aborrecen y quisieran que el reggaetón fuera un ser vivo al que le abrieran las tripas para desangrarlo en un rito satánico, cometen –me parece– dos errores.

El primero es medirlo con la misma vara que a la música que sí debería ser evaluada por su riqueza compositiva. Sostener que el reggaetón debería ser borrado de la faz de la tierra por su paupérrima estructura, equivaldría a que alguien sostuviera que una canción de Pink Floyd no tiene sentido porque no se puede bailar. Cada música se debe a un contexto y un fin distinto. Puede ser que la de la banda británica tienda a elevar el espíritu, pero el reggaetón lleva hasta las nubes una pool party.

Lo segundo es quedarse en la superficie. Algo que también le pasó en su momento al rock. Ni el metal es solo Avenged Sevenfold, ni el reggaetón es solo Ozuna, Becky G o Bad Bunny. Existe océanos tan profundos como en cualquier otro género.

Y al final, puedes odiarlo, pero eso no lo hará esfumarse. ¿Y qué pasaría si así sucediera? ¿Toda esa horda de perreadores se volvería automáticamente fanática del “buen gusto” (whatever that means)?

Lo único que moriría, según yo, son algunas buenas fiestas. Cada vez somos más los que amparados por la noche, un buen drink y la compañía correcta, nos hemos dado la oportunidad de caer en la tentación.

No encuentro la razón para ponerse furioso cuando suena este perreo.

 

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