TXT: Toño Quintanar

No cabe duda de que ser un punk es algo bastante difícil.
A pesar de que los miembros de dicha subcultura han abrazado por voluntad propia una serie de principios los cuales tienen como principal misión contraponerse a los valores normalizadores de la sociedad conservadora; no cabe duda de que, llevadas a la práctica, dichas inquietudes resultan más insostenibles de lo que podría esperarse.
Esto no se debe a otra cosa sino al hecho de que, tratar de rebelarse contra la sociedad, implica ganarse el desprecio por parte de una masa homogénea quien simplemente no está dispuesta a permitir que sus “nobles valores” se vean violentados.
Ellos tienen a la policía y al Estado de su parte. El punk no tiene más que su determinación filosófica, así como las limitadas armas que la voluntad física (siempre vulnerable) es capaz de conjurar.
Si este panorama es de por sí sombrío en grandes ciudades como Londres; imaginemos cuán difíciles se ponen las cosas para un joven punk quien se abre camino en un ambiente tan tristemente alienado como lo es un estado norteamericano regido por el tradicionalismo y la religión.
El director James Merendino respondió en el año de 1998 esta cuestión con SLC Punk! (1998), cinta la cual se destaca como un prodigioso canto de libertad que reivindica las posturas más transgresoras del anarquismo.
Esta cinta narra las vivencias de Stevo (Matthew Lillard) y Heroin Bob (Michael Goorjian); par de inseparables amigos quienes se abren paso en el alienado ambiente del estado de Salt Lake City; comunidad conocida por su carácter conservador y prohibicionista.
Con los rednecks como enemigos naturales (individuos con los que a menudo sostienen cruentas batallas); estos personajes se enfrentan al enorme reto de mantener a flote una comunidad alternativa en medio de una sociedad donde la indiferencia es el mejor trato al que se puede aspirar.
Mismo conflicto en el que el buen humor y la inventiva de carácter estrambótico se tornan las herramientas por excelencia.
Los aspectos más orgánicamente existenciales del anarquismo se ven abordados a partir de una serie de perspectivas que dejan en claro que el punk es, antes que todo, una postura de carácter plenamente humanista.
A pesar del planteamiento cronológico a partir del cual transcurre esta cinta (finales del siglo pasado), su vigencia cultural es un asunto verdaderamente estremecedor.
Esa serie de esbirros de carácter fascistoide que han impregnado a Norteamérica desde sus orígenes más arcaicos (y que en la actualidad se han agudizado hasta dar como resultado auténticas aberraciones presidenciales) son analizados desde la perspectiva casi infantil de un par de individuos cuya lógica se rige por una simple máxima que debería de ser grabada a fuego vivo en la conciencia colectiva de nuestra raza: “vive y deja vivir”.
Sin duda alguna, una profunda reflexión acerca de cómo es que las mentes autónomas deben de adaptarse a un mundo donde la mayoría (generalmente compuesta por entes de actitud retrograda) son capaces de imponer su percepción subjetiva a través de ese órgano naturalizador al que llamamos “Ley”.
 

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