TXT: Toño Quintanar

IMAG: Baratsu

¿Las producciones audiovisuales de carácter transgresor son capaces de generar conductas violentas? ¿Es verdad aquella máxima la cual, pregonada por las conciencias más políticamente correctas de nuestra sociedad, asevera que la brutalidad de carácter ficcional normaliza los comportamientos erráticos?

Esta discusión, la cual se ha recrudecido durante los últimos años, se encuentra muy lejos de encontrar una resolución absoluta.

Mientras algunos están dispuestos a sacrificar la libertad de expresión con tal de mantener a nuestra sociedad sumida en la moralidad más pulcra, otros ven en los discursos perturbadores una legítima forma de entretenimiento la cual permite al público explorar de forma libre los rincones más obscuros de la psique humana.

Una cosa es bastante cierta: el arte imita a la sociedad y no al revés. Existen esquinas sumamente espinosas de nuestra civilización que, a pesar de su carácter desgarrador, merecen ser tomadas en cuenta aún cuando sea a través de la ficción. De otra forma, aquellos monstruos a los que pretendemos ignorar de forma olímpica se volverán hacia nosotros.

Desde su nacimiento, la historia del arte ha tenido a la brutalidad y la violencia como uno de sus principales ejes temáticos. Esto debido, tanto a la intensidad estética que dichos tópicos suelen incentivar, como a la necesidad de los creadores por plasmar ciertos aspectos turbios de su cotidianeidad.

Un divertido y transgresor ejemplo contemporáneo de dicho asunto es Snuff 2000, magistral cortometraje dirigido por Borja Crespo.

A lo largo de esta producción, el director español juega con una serie de sátiras las cuales tienen al homicidio y al mito del video-snuff como principales motores temáticos.

De esta manera, Crespo nos ofrece un discurso el cual transita sobre una delgada línea que se balancea entre el horror más descarnado y la comicidad desenfadada. Misma situación que lleva al límite los umbrales morales del espectador.

Un increíble trabajo conceptual el cual le sacará una carcajada a más de uno pero que, por supuesto, también incomodará a una buena cantidad de personas. Sin embargo, censurar este tipo de discursos, bajo el pretexto de que fomentan una conducta indebida entre el público fácilmente influenciable, es un verdadero atentado contra la libertad de pensamiento y de elección de nuestra sociedad. Algo similar a apoyar una dictadura militar totalitaria esgrimiendo la excusa de que un determinado pueblo no tiene suficiente capacidad intelectual como para conducirse por sí mismo.

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