Un narco de telenovela

Una colaboración de Pilar Ortega

Recuerdo el día que me enteré de la existencia de Édgar Valdez Villarreal. En primer lugar porque resultó ser mi vecino, y luego porque me enteré de que era un narcotraficante conocido como “La Barbie”.

Siempre me ha llamado la atención que todos los secuestradores, narcos, ladrones de bancos, etc. que son capturados aparecen en las noticias perfectamente despeinados, sucios y vistiendo ropa muy modesta, por lo general unas camisetitas con publicidad o camisas deslavadas que me hacen preguntarme para qué quieren dinero si no tienen idea de qué hacer con él, si no se dan siquiera el lujo de comprarse ropa nueva o hacerse un buen corte de pelo o de disfrutar un baño diario.

el chapo

Ante esa imagen tan triste, moría de ganas de conocer a “La Barbie”, a ver si de verdad era tan guapo que mereciera ese apodo. Y cuando lo atraparon no traía la camisetita de Comex, pero sí una playera que no por ser Ralph Lauren dejaba de ser extremadamente cutre.

Mucha gente, con la memoria derretida gracias al vertiginoso ritmo de las redes sociales, ya no recordará que hace días, miles de personas vimos en las redes sociales un video de “El Chapo” Guzmán vestido con una camisa horrible.

Al día siguiente de eso, apareció en los periódicos una foto del capo y el actor Sean Penn, y ahí lucía otra camisa verdaderamente fea.

el chapo

Como no fui la única a la que llamaron la atención dichas prendas, pronto me enteré que son de una marca norteamericana, que cuestan más de mil pesos y que son las favoritas de varios gruperos. La verdad, me decepcionó. Se supone que es el principal traficante de cocaína, heroína, marihuana y metanfetaminas del mundo y no aparece luciendo un traje como los de Tom Cruise en “Misión Imposible”, ni como los de los protagonistas de la serie “Suits”; bueno, ni como los que usan varios empresarios que conozco. No. Él utiliza el “narco chic”, que es al revés de las Farmacias Simi, lo mismo, pero más caro.

Corte a: la guarida de El Chapo. Este hombre que tiene submarinos, aviones, helicópteros y maneja el tráfico mundial de la droga, se refugia en una casa de Los Mochis, sin ningún aparato súper sofisticado de comunicación, ni radares, ni más rastro de avance electrónico que unas teles. Es más, quiere ver la telenovela “La Reina del Sur” y va al Blockbuster a rentar unos capítulos.

Y luego, obvio, le gustan las mujeres. Este hombre tan poderoso, apenas aspira a conquistar a una actriz mexicana y la corteja con osos de peluche, le dice “señorita” o, peor aún, en el más acabado lenguaje “Godín”: “amiga”.

Aunque no le gusta tomar, es perfectamente capaz de ordenar que le compren el mejor whisky: un “Bucana”. Cuando se decide a comprarle un teléfono móvil a la “ermoza”, este estratega del tráfico mundial pide que le busquen uno femenino, el más moderno, una BlackBerry, y si hay en rosita, mejor. Por Dios.

Cuando se destapó el escándalo del clan Trevi-Andrade, me acuerdo haber pensado que en un país como éste, dominado culturalmente durante demasiados años por Televisa, era apenas lógico que la idea de acercarse a lo más alto no sería a través de la religión para llegar a Dios, sino de la fama televisiva para alcanzar las estrellas.

Y pues sí, era lógico, ahora nos salió un narco de telenovela.