Por Arturo J. Flores 

No fui a trabajar. Hoy es mi último día de vacaciones. Viene a casa la señora que hace el aseo, así que para no estorbarle preferí salir a escribir a una cafetería. Encontré una cerca del Monumento a la Revolución. Pedí un té verde, me conecté a la Wi-Fi y me calcé los audífonos. Tengo unos bastante cómodos que Skullcandy me regaló.

No soy un apasionado de los gadgets. Tengo algunos y los disfruto, pero por una mezcla de ignorancia y flojera jamás me he clavado a desentrañar sus misterios técnicos. Soy tan básico que cuando me compré una laptop me fijé sólo en que fuera la más ligerita y mi celular me fascina porque carga en chinga y le dura una eternidad la batería. Dejé de usar iPhone porque me parecía absurdo tener que llevar a todos lados una pila que sirviera para cargar la pila.

Apenas tengo delante de mí el documento en blanco, a la mesera del café se le ocurre encender la televisión. En la pantalla aparece un video de Pitbull a un volumen insufrible. Me viene a la mente un texto de Enrique Serna titulado El maltrato al lector, en el que el autor de El orgasmógrafo se queja de lo complicado que resulta leer en espacios públicos: en los hoteles las luces son demasiado bajas y en las cafeterías las televisiones no permiten que uno se concentre.

Después de pedirle a la mesera que baje un poco un volumen, porque soy el único parroquiano a la vista y no me apetece escuchar a One Direction en la pantalla, conecté los audífonos a la computadora para lidiar con el escándalo de los taladros que perforan las calles aledañas al monumento. México siempre está en obra.

Entonces sí, puedo hacer mi segunda actividad favorita después de visitar la página de Helloween para averiguar si viene a México: stalkear chicas en Spotify.

No lo voy a negar. Tampoco es un delito. ¿Para qué ellas dejarían públicas sus playlists sino fuera para que un voyerista auditivo como yo viniera a hurgar en ellas?

Soy un stalker que en lugar de binoculares, usa auriculares.

Viene a mi cabeza una línea de Soda Stereo:

“Sé que te excita pensar hasta dónde llegaré”.

Y una un poco más enfermita que le faltó escribir a Police:

“Every song you play… I’ll be watching you”.

La primera en aparecer en el buscador es La Hipster Que Siempre Va a Coachella Y Se Viste Increíble. Intento averiguar cuáles han sido las últimas canciones que ha escuchado pero extrañamente no ha tenido gran actividad en su cuenta. Es posible que haya encontrado otro servicio de streaming. Ni modo, sólo queda su foto de perfil, que es tan bella como una letra de Elton John.

 

Aparece en la columna de la izquierda (en la que suelen ventilarse nuestros más vergonzosos secretos auditivos) La Modelo Moreliana Del Cine, una locutora a quien conocí en una fiesta en un viejo cine michoacano. Vaya que tiene unos ojos en los que te puedes perder igual que en una pieza psicodélica. En este preciso momento escucha a Pompeya. Puedo imaginármela bailando descalza a este ritmo electro pop. Sus piernas largas giran por la habitación a toda velocidad.

La Ex Metalera De Los Colmillos Enormes. No sólo conservo buenos recuerdos suyos, sino además la posibilidad de refrescar mi pasión por los decibeles. De repente olvido escuchar a grupos que antes me fascinaban. Y sus playlists me los recuerdan. Por ejemplo, la canción homónima de Mötorhead. Descanse en paz, Lemmy Kilmister.

 

La Peluca Sangrienta De Ojos Rasgados. Así el puse por el color de su cabello. Si se enterara de su apodo creo que no le molestaría. Me agradan sus canciones. Son de esas chicas jóvenes con gustos vintage, aunque de repente entre sus Led Zeppelin y sus Duran Duran se le cuela una de Cat Power. Creo que sería una buena compañera en un festival europeo. Sobre todo hoy que se mezcla tanto lo novedoso con lo clásico.

 

Llego así al perfil de La Hermana de Kevin. Tengo que contextualizar: en los 80 existía una serie de TV llamada The wonder years en la que Kevin, el protagonista interpretado por Fred Savage, tenía una hermana hippie que protestaba contra la guerra de Vietnam. Yo, y casi todos los adolescentes de mi generación, vivimos enamorados de ella. Tengo una amiga que me la recuerda. Aunque Karen (así se llamaba el personaje) era rubia y no llevaba piercings, era igual de rebelde, idealista y apasionada que mi amiga. Pues stalkeándola descubro que estuvo oyendo a Chet Faker, el Dj australiano de trip-hop. Qué delicia. Seguro lo ha de poner de fondo mientras, como Julian Assange, combate a los poderosos desde su computadora.

 

El viaje me lleva hasta La Morocha Lesbiana Sexy. Sí, el apodo no necesita mayor explicación. Y por ella conozco a LaTasha Lee & The BlackTies, una compositora originaria de Corpus Christi tan cachonda como La Lesbiana Sexy. Esto es música negra y no pedazos: gran tesitura vocal, una cara funk de la que uno no puede pasar por alto.

 

Hasta aquí está bien por hoy.

Se termina el té y los audífonos me aprietan las sienes.

Desde aquí agradezco a Nathaniel Baldwin, el ingeniero y activista a favor de la poligamia que en 1910 inventó los primeros audífonos para vendérselos al ejército de Estados Unidos. A él y a Sony, que los popularizó cuando inventó el walkman, convirtiendo a la música en un placer portátil. Baldwin murió, como casi todos los genios, murió en la miseria, dejando a una cantidad de viudas.

Pero es gracias a él que pude aislarme de los ruidos del mundo durante 120 minutos para entregar a tiempo este texto.

Hasta la próxima stalkeada.

(Ella es Karen, la hermana de Kevin) [m]